Inteligencia Artificial, política humana | Néstor Solís
Por: Néstor Solís
El segundo día de su segundo gobierno, el presidente Donald Trump se reunión en la Casa Blanca con tres de los hombres más ricos del mundo. Sam Altman de OpenIA, Larry Ellison de Oracle y Masayoshi Son de SoftBank venían a anunciar Stargate, un proyecto para construir centros de datos por 500 mil millones de dólares.
Parecía el comienzo de una nueva era. Y lo fue. Solo que no la que ellos esperaban.
Lo que siguió fue un despliegue sin precedentes. Órdenes ejecutivas para acelerar permisos, préstamos federales, incentivos fiscales y hasta tierras del gobierno puestas a disposición de los constructores.
Cuando el congreso intentó frenar el asunto por la vía de la regulación estatal, la Casa Blanca metió en el paquete presupuestario una prohibición de diez años para que los estados regularan la inteligencia artificial. El Senado la tumbó con 99 votos contra 1. Y cuando Colorado aprobó la primera ley integral del país sobre el tema, el propio gobierno federal fue detrás de ella en los tribunales hasta dejarla sin efecto.
Veintidós meses después llegó el 3 de noviembre. Y el tema salió a votar.
Los estadounidenses aprobaron 33 medidas para restringir o prohibir centros de datos contra una sola que lo permitía. En un pueblo de Ohio, el 80% rechazó las tierras para un campus de Amazon. Dos alcaldes fueron revocados de sus cargos por aprobar esos proyectos. Y en la encuesta de salida, más de la mitad de los votantes dijo que la inteligencia artificial y los centros de datos pesaron en su voto.
No fue el tema más importante de la elección. La economía, la guerra y la corrupción ocuparon los primeros lugares. Pero entre los que lo llamaron decisivo, dos de cada tres votaron por los demócratas.
Creo que ahí está la clave de todo. No fue un tema de amplitud sino de intensidad. Y los temas de intensidad tienen una propiedad muy particular. Movilizan minorías enojadas que, en una elección apretada, terminan decidiendo por todos.
El clima de fondo era ese. El 57% de los votantes cree que la inteligencia artificial hará más daño que bien a la sociedad. Solo el 24% cree lo contrario.
Lo curioso es cómo se dio la conversación. La inteligencia artificial llegó a la política hablando de grandeza, la competencia con China y el futuro del trabajo. Las campañas y grupos de externos gastaron 86.5 millones de dólares en anuncios que mencionaban centros de datos, en 38 estados, casi siempre en negativo. Y los más efectivos no hablaron del riesgo de que las máquinas piensen, sino del precio de la electricidad, del agua y de la tierra. En Ohio, un candidato llamó a su rival “la cara de los centros de datos” y ganó. En Texas, otro habló de facturas eléctricas y propuso compartir las ganancias del sector con la gente. También ganó.
Lo más revelador es que el rechazo no conoce partidos. Una encuesta de CNBC encontró que el 63 por ciento de los votantes no quiere un centro de datos a diez millas de su casa y solo el 13 por ciento lo aceptaría. Casi la mitad de los republicanos piensa igual. Y en las redes sociales, el 57 por ciento de los anuncios sobre el tema en octubre fue de oposición y apenas el 3 por ciento a favor. La industria había preparado su defensa para una conversación sobre la humanidad y se encontró discutiendo kilovatios.
El economista húngaro Karl Polanyi sostenía en La Gran Transformación que la expansión de un mercado autorregulado termina siempre provocando, en sentido contrario, un movimiento de protección social. La sociedad no se queda mirando cómo la reordenan, sino que reacciona. Polanyi lo escribió en 1944, pensando en los mercados. Bien podría haberlo escrito en 2026, pensando en los centros de datos.
Porque ese movimiento de protección no vino este año de los reguladores ni de los tribunales, a lo que el gobierno ya tenía dominados. Vino del electorado común. Del que no escribo hilos sobre algoritmos.
Erenesto Laclau diría que eso fue exactamente lo que pasó. El “pueblo” no existe previamente. Se construye cuando demandas que no tienen nada en común, la factura eléctrica de un pueblo de Ohio, el agua de un condado agrícola de Texas, el ruido de un suburbio de Illinois, se articulan en una sola demanda con un solo enemigo. Así nació el populismo estadounidense en 1892, contra los ferrocarriles.
La infraestructura de la época, la que atravesaba el territorio, concentraba el capital y compraba los partidos. Los centros de datos son el ferrocarril de hoy. Y en Ohio, basta nombrar al enemigo, “la cara de los centros de datos”, para que la cadena de demandas se cierre sola y gane una elección.
Otra ironía más. El partido que más invirtió en anuncios hechos con inteligencia artificial sufrió la peor derrota intermedia en décadas. Y los candidatos que firmaron sus piezas como “hechas por humanos” convirtieron esa autenticidad en ventaja competitiva.
Los mercados ya iniciaron su lectura. Goldman Sachs estima que las victorias demócratas podrían someter a moratoria cerca del 45% de la capacidad de centros de datos planificada en el país.
La historia de la democracia industrial está llena de tecnologías que tardaron décadas en adquirir conciencia política. La inteligencia artificial necesitó cuatro años, unas cuantas órdenes ejecutivas y una elección intermedia.
Y es que el electorado ya entendió lo que la industria todavía no acepta. La pregunta de nuestra época no es si la máquina piensa. Es quién paga por ella y quién cobra.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
Inteligencia Artificial, política humana | Néstor Solís Por: Néstor Solís El segundo día de su segundo gobierno, el presidente Donald Trump se reunión en la Casa Blanca con tres de los hombres más ricos del mundo. Sam Altman de OpenIA, Larry Ellison de Oracle y Masayoshi Son de SoftBank venían a anunciar Stargate, un proyecto para construir centros de datos por 500 mil millones de dólares. Parecía el comienzo de una nueva era. Y lo fue. Solo que no la que ellos esperaban. Lo que siguió fue un despliegue sin…










