La peligrosa ilusión de tener todo bajo control | Avidel Villarreal
Avidel Villarreal Gálvez | AVG21
En política, pocas cosas resultan tan peligrosas como la certeza de estar haciendo lo correcto. Una campaña electoral es un universo en movimiento permanente: hay reuniones, recorridos, mensajes, fotografías, conversaciones, decisiones urgentes y agendas que parecen no tener espacio para una sola actividad más. A lo interno, esa intensidad puede producir una sensación reconfortante, estamos trabajando, estamos presentes, estamos avanzando, la estamos rompiendo.
Pero el movimiento, por sí solo, no demuestra que exista una dirección; esta distinción importa porque las campañas no se desarrollan en condiciones de laboratorio, se construyen entre emociones, intereses, información incompleta, presiones de tiempo y personas que interpretan una misma realidad de maneras distintas. Lo que para alguien constituye una señal de fortaleza, para otro puede ser una de debilidad. Lo que hoy despierta entusiasmo quizá mañana resulte irrelevante.
Y, sin embargo, en ese ambiente de incertidumbre abundan las afirmaciones categóricas: “La gente se emociona al verte”, “vamos muy bien”, “el territorio es nuestro”, “las redes explotan con cada publicación”, “todo está bajo control”. No necesariamente son expresiones falsas. El problema comienza cuando dejan de ser hipótesis que pueden examinarse y se convierten en verdades que nadie se atreve a discutir.
He visto cómo el entorno de un candidato puede transformarse, casi sin proponérselo, en un espacio donde las buenas noticias circulan con facilidad y las preguntas incómodas encuentran resistencia. A veces sucede por lealtad; otras, por entusiasmo o por el deseo comprensible de no desanimar a quien lleva sobre sus hombros una enorme responsabilidad. No hace falta que alguien mienta para que una organización termine escuchando una versión incompleta de la realidad. Basta con que cada persona seleccione aquello que considera conveniente comunicar.
En ese punto aparece una paradoja: cuanto mayor es la necesidad de comprender lo que sucede, más difícil puede resultar el escuchar algo diferente de lo que se espera.
La política, además, tiene una relación singular con el tiempo porque siempre conviene distinguir entre estar ocupado y estar comprendiendo. No se trata de menospreciar el trabajo cotidiano. Una campaña necesita disciplina, capacidad de ejecución y seguimiento constante, pero ninguna de esas virtudes sustituye el ejercicio de preguntarse qué significado tiene lo que ocurre y cómo cambia, o no, el objetivo que se pretende alcanzar.
También existe una dimensión profundamente humana. Quien decide competir por una responsabilidad pública no llega vacío de convicciones, lleva una historia, una identidad, afectos, aspiraciones y una idea de lo que representa para los demás: es natural que interprete los acontecimientos desde ese lugar. Lo difícil es reconocer que la propia percepción, por sincera que sea, nunca equivale a la totalidad de la realidad.
En mis años de trabajo, en distintos escenarios políticos, me he encontrado una constante y es que las preguntas más valiosas suelen ser las que obligan a revisar lo que parecía evidente: no porque toda convicción sea equivocada ni porque dudar sea una virtud en sí misma, mas bien la cuestión es otra, desarrollar la madurez suficiente para distinguir entre una convicción fundada y una impresión que simplemente se ha repetido muchas veces.
Esa madurez se expresa en la forma de escuchar, interpretar las discrepancias y aceptar que, incluso, una decisión razonable puede requerir revisión cuando cambian las circunstancias.
Las campañas electorales son, en última instancia, encuentros entre lo que una organización cree estar comunicando y lo que las personas realmente reciben, interpretan y consideran relevante. Entre ambas dimensiones puede existir una distancia que ningún entusiasmo interno alcanza a cerrar por sí solo.
Comprender esa distancia exige una disposición poco espectacular, aunque fundamental: observar sin complacencia, escuchar sin defensas y aceptar que la realidad no tiene obligación de confirmar nuestras expectativas.
Quizá por eso, en política, una de las señales más importantes del liderazgo no sea tener una respuesta inmediata para todo, sino conservar la capacidad de formular la pregunta que nadie está haciendo: ¿Porque tener el control no significa que todo ocurra como imaginamos? Significa, antes que nada, no perder la disposición a reconocer lo que realmente está ocurriendo.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
La peligrosa ilusión de tener todo bajo control | Avidel Villarreal Avidel Villarreal Gálvez | AVG21 En política, pocas cosas resultan tan peligrosas como la certeza de estar haciendo lo correcto. Una campaña electoral es un universo en movimiento permanente: hay reuniones, recorridos, mensajes, fotografías, conversaciones, decisiones urgentes y agendas que parecen no tener espacio para una sola actividad más. A lo interno, esa intensidad puede producir una sensación reconfortante, estamos trabajando, estamos presentes, estamos avanzando, la estamos rompiendo. Pero el movimiento, por sí solo, no demuestra que exista una…









