Brasil: las señales de un cambio de ciclo
Por: Alberto Rivera
La elección presidencial de Brasil deja una enseñanza que trasciende sus fronteras: ningún ciclo político es permanente y ninguna mayoría electoral pertenece para siempre a un partido, una ideología o un liderazgo.
La primera vuelta, con Flávio Bolsonaro por encima de Lula y una diferencia menor de dos puntos, no debería interpretarse únicamente como una nueva confrontación entre izquierda y derecha. Lo verdaderamente interesante es preguntarnos qué está ocurriendo detrás del comportamiento electoral y qué nos dice sobre los cambios políticos que comienzan a observarse en América Latina.
Un ciclo político comienza cuando una fuerza logra interpretar mejor que sus adversarios el estado de ánimo de una sociedad. Identifica sus problemas, conecta con sus emociones, articula sus demandas y construye una narrativa que explique qué está pasando, quién es responsable y qué debe hacerse. Así se construyen muchas mayorías. Pero después viene lo más difícil: gobernar.
Con el tiempo, las expectativas se enfrentan a los resultados, las promesas a la realidad cotidiana y la narrativa a la experiencia concreta de las personas. Entonces las prioridades pueden cambiar. Una sociedad que demandaba igualdad puede comenzar a exigir seguridad; una que pedía cambio puede posteriormente buscar estabilidad; una que priorizaba la protección social puede comenzar a demandar crecimiento, oportunidades y mayor eficacia gubernamental.
Los ciudadanos no necesariamente cambian primero de ideología; muchas veces cambian primero de prioridades.
Esta puede ser una de las claves para comprender el momento político latinoamericano. Después de un periodo en el que distintas fuerzas de izquierda conquistaron gobiernos importantes de la región, las elecciones recientes han fortalecido las opciones de derecha y de centroderecha. Sin embargo, sería demasiado simple concluir que América Latina “se volvió de derecha”.
La pregunta más importante es otra: ¿los latinoamericanos están cambiando ideológicamente o están cambiando las demandas que consideran prioritarias?
La diferencia es fundamental. Un ciudadano puede continuar identificándose con políticas sociales o con determinados valores de izquierda y, al mismo tiempo, votar por una alternativa de derecha porque considera que la seguridad, la economía, el empleo o la capacidad gubernamental se han convertido en sus principales preocupaciones. También puede ocurrir exactamente lo contrario cuando gobierna la derecha.
Por eso, las elecciones contemporáneas ya no pueden explicarse solo mediante el eje izquierda-derecha. Existen otros ejes que pueden adquirir tanta o mayor importancia: continuidad o cambio, satisfacción o malestar, seguridad o miedo, esperanza o frustración, confianza o desconfianza, resultados o expectativas.
Brasil resulta particularmente interesante porque el fenómeno no se limita a la elección presidencial. El fortalecimiento de la derecha también se manifestó en el Congreso, lo que obliga a preguntarnos si estamos observando simplemente una coyuntura electoral o señales de una transformación más profunda en las demandas y el estado de ánimo de una parte de la sociedad brasileña.
Y ahí aparece la enseñanza para México. Desde 2018 existe en México un ciclo político construido en torno a una poderosa demanda de transformación. Andrés Manuel López Obrador logró interpretar el malestar existente, construir una narrativa política y articular una amplia coalición social y electoral. La victoria de Claudia Sheinbaum en 2024 demostró la capacidad de continuidad de ese proyecto.
Pero ganar una elección no congela las preferencias de una sociedad. Los ciclos políticos comienzan a cambiar mucho antes de que el ciudadano anuncie que votará por otra opción. El cambio puede comenzar cuando disminuye el entusiasmo, cuando aumenta la frustración, cuando aparecen nuevas preocupaciones o cuando las prioridades que construyeron una mayoría empiezan a ser sustituidas por otras.
Por eso la pregunta estratégica para México no debería ser simplemente si “viene la derecha”. La pregunta realmente importante es: ¿las demandas que construyó la mayoría política de 2018 serán las mismas que determinarán el comportamiento electoral de 2027 y 2030?
Porque los gobiernos suelen enfrentar un riesgo: continuar respondiendo las preguntas que les permitieron llegar al poder mientras la sociedad comienza a formular preguntas diferentes.
Un proyecto político puede seguir hablando de transformación cuando una parte de la ciudadanía comienza a preguntar por resultados; puede seguir hablando del pasado cuando el ciudadano empieza a evaluar principalmente el presente; puede concentrarse en defender sus logros mientras aparecen nuevas preocupaciones sobre seguridad, economía, oportunidades o la calidad de los gobiernos.
Cuando se produce esa brecha entre las prioridades del poder y las de la sociedad, se abre espacio para una nueva narrativa política.
Pero también existe una enseñanza para la oposición: el desgaste de un gobierno no produce automáticamente una alternativa. La inconformidad, por sí sola, no gana elecciones. Para que exista un verdadero cambio de ciclo, debe surgir una fuerza capaz de interpretar ese malestar, transformarlo en una propuesta creíble, construir liderazgo, generar confianza y articular una nueva coalición social y electoral.
Por eso la inteligencia política debe observar mucho más que la intención de voto. Debe estudiar qué preocupa a las personas, qué sienten, qué esperan, qué rechazan, qué tan satisfechas están, cuánto cambio desean y, sobre todo, cómo evolucionan esas variables a lo largo del tiempo.
Porque los cambios políticos se construyen mucho antes. Antes de que cambie el voto, cambian las prioridades; antes de que cambien las prioridades, cambia la percepción; y cuando cambia la manera en que una sociedad interpreta su realidad, puede comenzar también un nuevo ciclo político.
Esa es quizá la principal enseñanza que Brasil deja para México: el verdadero desafío de cualquier proyecto político no consiste solamente en conquistar y conservar el poder, sino en identificar a tiempo cuándo comienzan a cambiar las razones por las que la sociedad decidió entregárselo.


