Helios Ruíz | El apellido también vota
Por: Helios Ruíz
En Brasil se está disputando una elección presidencial con un protagonista que no aparece en la boleta. Jair Bolsonaro no será candidato, pero su apellido está a punto de convertirse en el activo electoral más poderoso del país. Y eso dice más sobre la política de nuestro tiempo que cualquier plataforma de gobierno.
Los números lo explican solos. A menos de dos semanas de la primera vuelta del 4 de octubre, la encuestadora Quaest ubica a Lula con 37% de intención de voto frente a 33% de Flávio Bolsonaro, con un margen de error de dos puntos. La tendencia pesa más que la foto: desde principios de septiembre, el candidato de la derecha sumó cuatro puntos mientras el presidente se mantuvo estable. Y en el escenario que importa, la segunda vuelta, la moneda está en el aire: AtlasIntel/Bloomberg coloca a Flávio con 47,2% y a Lula con 46,8%, un empate técnico.
Lo más revelador es que este ascenso ocurre en medio de una tormenta judicial que en otro tiempo habría hundido cualquier campaña. Se reveló que Flávio es investigado desde julio por presunta corrupción, lavado de dinero y evasión de divisas en el escándalo del Banco Master, relacionado con fondos que pidió al banquero Daniel Vorcaro para una película sobre su padre. Su respuesta fue de manual: calificó la investigación como una maniobra de interferencia electoral y después exigió transparencia total. Aprovechó además la crisis del Supremo Tribunal Federal para intentar convertir la elección en un referéndum sobre la corte.
Aquí está la clave estratégica. El bolsonarismo aprendió que un escándalo no siempre resta cuando el candidato logra reencuadrarlo como persecución. El votante que ya desconfía de las instituciones no lee la investigación como prueba de culpa, sino como confirmación de que “el sistema” quiere impedir su regreso. Por eso el apellido funciona como marca: la lealtad existía antes del candidato, y Flávio solo tiene que administrarla. No necesita convencer a nadie nuevo de quién es; le basta con recordarles a quién representa.
Del otro lado, Lula juega con las herramientas del poder. Decretó un alza de 15% en la principal ayuda social del país a dos semanas de la elección, una decisión legal pero cargada de lectura electoral. Es la lógica clásica del incumbente: gestión tangible frente a emoción identitaria. El problema es que en contextos de alta polarización la emoción suele moverse más rápido que la gestión, y los programas sociales tienden a consolidar a los propios más que a conquistar a los ajenos.
El riesgo de fondo va más allá de quién gane. Una campaña que convierte a los tribunales en adversario deja al ganador gobernando un país donde casi la mitad de los ciudadanos no confía en el árbitro. Si gana Lula, sus opositores dirán que la justicia lo ayudó. Si gana Flávio, llegará al poder con una investigación abierta y una narrativa de revancha contra la corte. En ambos casos, la institucionalidad brasileña sale debilitada.
Brasil nos está mostrando algo que América Latina debería mirar con atención: las marcas familiares en política ya no necesitan al fundador en la boleta para seguir ganando votos. La pregunta que queda abierta es incómoda: cuando un apellido pesa más que las propuestas y que las investigaciones, ¿estamos eligiendo gobiernos o renovando lealtades?



