Desde el futbol
Por: Alberto Rivera
Mucho antes de entender cómo se construye un proyecto político, cómo se sostiene una decisión pública o cómo se procesa el poder en contextos complejos, aprendí estas lecciones en otro territorio. Fue en una cancha de fútbol profesional, en un vestidor compartido con personas muy distintas entre sí, donde el éxito, el fracaso, el equipo y el proceso se viven sin discursos ni atajos.
En ese entorno también se repite una idea poderosa: la del éxito individual, asociado al rendimiento personal, al talento propio y a la capacidad de destacar. El deporte de alto rendimiento refuerza esa narrativa con fuerza. Sin embargo, basta con atravesar una temporada completa para comprender que los procesos que realmente importan se sostienen de otra manera, con otros ritmos y otras lógicas.
Toda experiencia significativa se construye con otros. Equipos visibles y silenciosos, jugadores con trayectorias distintas, voluntades que no siempre coinciden, pero que aprenden a caminar en la misma dirección. En el fútbol, como en cualquier proyecto colectivo, el avance surge de una coordinación imperfecta que se va formando con el tiempo, con entrenamientos, errores, ajustes y conversaciones que no siempre son cómodas. Nada relevante se sostiene con una sola voluntad.
Ahí entendí algo fundamental: el liderazgo no pertenece únicamente a quien dirige formalmente. En un equipo profesional hay trincheras distintas. Algunas más visibles, otras más pequeñas. Algunas con reflectores; otras, lejos de la mirada pública. Aun así, todos ejercen liderazgo desde el lugar que ocupan. Todos influyen. Todos sostienen. El equipo funciona cuando cada quien asume esa responsabilidad, sin importar el tamaño de su espacio.
Esa idea se me hizo clara con don Roberto Matosas. Él entendía que dirigir no consistía en imponer, sino en involucrar. Era el entrenador, sí, pero nos hacía parte del proceso. Permitía opinar, discutir la forma de jugar, entender por qué se tomaban ciertas decisiones, asumir responsabilidades compartidas. Cuando un jugador participa en la construcción del camino, cuida ese camino. Cuando el proceso se vuelve colectivo, el compromiso deja de ser una orden y se convierte en convicción.
Más adelante, en otro momento de mi carrera, esa lógica volvió a aparecer con Aníbal “el Maño” Ruiz (qepd). No buscaba rodearse de gente que no lo cuestionara. Al contrario, sabía que los equipos se fortalecen al incorporar talento, criterio y personalidad. Apostaba siempre por sumar a los mejores disponibles, por abrir espacio a quienes podían elevar el nivel del grupo, aun cuando eso implicara incomodidades internas.
Con Aníbal Ruiz apareció, además, una enseñanza exigente: la responsabilidad personal. Él sostenía que las cosas que nos suceden siempre empiezan en uno mismo. Que, para entender quién está haciendo bien las cosas, basta con mirarse frente a un espejo, y que ese mismo ejercicio sirve para reconocer cuándo algo no está funcionando. No había espacio para excusas ni para culpar al entorno. El punto de partida siempre estaba en la propia conducta, en la preparación, la actitud y la coherencia diaria.
Esa lógica atraviesa cualquier ámbito. Los equipos se transforman cuando las personas asumen la responsabilidad por lo que hacen y por lo que dejan de hacer. Cuando cada quien entiende que su margen de acción, por pequeño que sea, tiene impacto en el conjunto.
Con el tiempo también aprendí que no todos buscan lo mismo al mismo tiempo. En cualquier equipo existe un objetivo compartido: ganar partidos, sostener una temporada, competir al máximo nivel. Al mismo tiempo, las prioridades individuales varían según la edad, la experiencia, el momento de la carrera y las expectativas personales. Hay quien busca minutos, quien necesita consolidarse y quien se prepara para cerrar ciclos. El liderazgo se ejerce cuando esa diversidad de prioridades es comprendida e incorporada en las decisiones cotidianas.
La confianza se construye de ese modo. En la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, en la sensación concreta de ser visto y considerado durante el proceso. Con el tiempo, esa confianza se convierte en un soporte que permite atravesar errores, derrotas y momentos de incertidumbre sin romper el vínculo.
El disfrute también ocupa un lugar central. El fútbol profesional está lleno de exigencias, presiones y desgaste. Aun así, cuando existe una relación viva con el proceso, con el entrenamiento diario y con el juego mismo, el trayecto se vuelve más significativo. Esa energía sostiene el compromiso y permite atravesar las etapas más duras sin perder el sentido.
Equivocarse forma parte natural del recorrido. Cada error deja una huella. Cada caída aporta una enseñanza. Las cicatrices hablan de experiencias atravesadas y aprendizajes incorporados. El crecimiento real se construye a partir de ese tránsito acumulado.
Los resultados cambian. Hay rachas positivas y momentos difíciles. La estabilidad no proviene del marcador final, sino del vínculo cotidiano con el proceso, de la disciplina sostenida y del compromiso con el trabajo diario incluso cuando los reflectores se apagan.
También aprendí que los equipos se sostienen gracias a múltiples aportes. Hay figuras visibles y quienes trabajan lejos del aplauso. Cada función cumple un papel en el equilibrio del conjunto. El valor de una tarea no depende de su exposición pública, sino de su contribución al funcionamiento común.
Con el tiempo entendí que estas lecciones no se quedaban en la cancha. Volví a encontrarlas más tarde en otros escenarios, en la vida pública, en los equipos políticos y en los proyectos que buscan sostenerse más allá del resultado inmediato. Cambian los espacios, cambian las reglas formales, pero la lógica del proceso permanece.
Con cada decisión algo se deja atrás. Certezas cómodas, seguridades construidas, la ilusión de que lo ya recorrido basta. Lo que queda es el aprendizaje continuo y la responsabilidad de seguir avanzando. Con cada decisión elegimos algo nuevo cada día.
Avanzar es posible en solitario. Sostener y trascender siempre exige trabajo colectivo.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
Desde el futbol Por: Alberto Rivera Mucho antes de entender cómo se construye un proyecto político, cómo se sostiene una decisión pública o cómo se procesa el poder en contextos complejos, aprendí estas lecciones en otro territorio. Fue en una cancha de fútbol profesional, en un vestidor compartido con personas muy distintas entre sí, donde el éxito, el fracaso, el equipo y el proceso se viven sin discursos ni atajos. En ese entorno también se repite una idea poderosa: la del éxito individual, asociado al rendimiento personal, al talento propio…











