Bad Bunny en el Super Bowl: cuando la música habla de identidad y política

Por: Diana Tentle

Ver a Bad Bunny en el Super Bowl no fue simplemente un espectáculo musical; fue un acto político y cultural envuelto en ritmo y color. Cada detalle de su presentación —desde la lengua que eligió hasta el vestuario, la escenografía y la interacción con el público— hablaba más de identidad y pertenencia que de música en sí misma. Que el escenario más visto del planeta haya vibrado al son del español no es un gesto menor: es una afirmación de presencia y legitimidad en un espacio que históricamente ha privilegiado la cultura anglosajona. En un mundo donde muchas veces se percibe al inglés como “la norma”, Bad Bunny recordó que la diversidad lingüística también tiene poder y visibilidad global.

Su vestuario, cargado de referencias puertorriqueñas y personales, funcionó como un mensaje semiótico sobre raíces, memoria y comunidad. El jersey con su apellido familiar y el número 64, por ejemplo, no es solo una elección estética; es un símbolo que conecta su historia personal con la de todo un pueblo. La inclusión de elementos cotidianos —juegos de dominó, tazas de café, pavas— hizo que la escenografía no solo fuera visualmente atractiva, sino que contara la historia de una vida cotidiana caribeña, mostrando al mundo que la cultura latina no se reduce a estereotipos: es viva, diversa y compleja.

La bandera puertorriqueña, levantada durante su show en una versión azul clara, añade otra capa de significado. Más allá de ser un adorno visual, funciona como un signo de memoria histórica y resistencia cultural. Esa bandera evoca la lucha por la identidad y la autonomía, recordándonos que, incluso en espacios tan comerciales y globalizados como la NFL, la cultura puede ser una forma de intervención política y social.

La narrativa del show estuvo cuidadosamente construida: alternó momentos de celebración cultural, referencias históricas y mensajes universales de inclusión. El cierre con frases como “The only thing more powerful than hate is love” y la campaña visual “Together We Are America” no es casualidad. Bad Bunny está diciendo, con claridad y sin rodeos, que América no es solo Estados Unidos; es un continente plural, multilingüe y multicultural, y que su cultura merece ser reconocida y celebrada.

La reacción del público fue igual de significativa que el show mismo. Mientras sectores conservadores cuestionaban los movimientos, la lengua y el estilo, la comunidad latina y los seguidores de la diversidad cultural lo celebraron como una reafirmación de identidad y presencia. Esa polarización no es accidental: confirma que los signos que el artista desplegó en escena tienen carga política. Cada gesto, cada objeto, cada referencia cultural se convierte en un mensaje que puede interpretarse, debatirse y reconfigurar narrativas sociales.

En definitiva, la actuación de Bad Bunny no solo entretuvo; interpeló sobre quién tiene voz, qué se celebra y cómo la cultura puede redefinir discursos hegemónicos. Transformó un escenario pensado para consumo masivo en un sistema de signos híbridos, donde la música, la identidad y la política se entrelazan. En un mundo saturado de información y entretenimiento, su show es un recordatorio de que la cultura tiene poder transformador, que la visibilidad importa y que, a veces, un medio tiempo puede decir más sobre política y sociedad que cualquier discurso institucional.

Bad Bunny nos mostró que la música puede ser espectáculo, pero también herramienta de resistencia, memoria y pertenencia. Y lo hizo en el Super Bowl, el corazón del entretenimiento global, recordándonos que la afirmación cultural puede ser tan poderosa como cualquier campaña política.

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