¿Y si sí? La emoción antes que la razón
Por: Alberto Rivera
Desde hace algunos días, México parece haber encontrado un punto de encuentro que trasciende diferencias políticas, sociales y generacionales. En las mesas de café, en las oficinas, en los mercados, en las universidades, en los restaurantes y en las redes sociales la conversación gira alrededor de un mismo tema. Niños, jóvenes, adultos, adultos mayores comparten una ilusión que hacía tiempo no recorría al país con semejante intensidad. La Selección Mexicana derrotó a Ecuador y avanzó de ronda, pero lo verdaderamente relevante no fue el resultado. Lo que merece atención es la emoción colectiva que volvió a instalarse en el ánimo nacional y que hoy se resume en una frase tan breve como poderosa… ¿Y si sí?
A simple vista parece una pregunta propia del futbol. En realidad, es mucho más que eso. Es una manifestación de esperanza. No afirma nada, no promete nada y tampoco garantiza un desenlace favorable. Lo único que hace es abrir una posibilidad. Pero esa posibilidad basta para transformar el estado de ánimo de millones de personas.
El consultor político Antoni Gutiérrez-Rubí sostiene, en su libro Gestionar las emociones políticas, que durante mucho tiempo creímos que las sociedades tomaban decisiones a partir de argumentos racionales. Hoy sabemos que ocurre exactamente al revés: las personas primero sienten y después encuentran las razones para explicar aquello que sienten. La emoción dejó de ser un elemento secundario de la vida pública para convertirse en uno de sus principales motores de los seres humanos. El Mundial es la mejor demostración de esa tesis.
Ningún gobierno convocó a la unidad nacional. Ninguna institución organizó una campaña para fortalecer la identidad colectiva. Ningún partido político diseñó una estrategia para hacer que millones de personas hablaran del mismo tema al mismo tiempo. Lo consiguió un balón.
Durante noventa minutos y sus agregados desaparecen muchas de las fronteras que normalmente dividen a la sociedad. Poco importa la edad, la profesión, el nivel económico o la preferencia política. La camiseta verde sustituye las diferencias y la conversación deja de girar alrededor de aquello que nos separa para concentrarse en aquello que compartimos.
No es casualidad que las emociones tengan la extraordinaria capacidad de construir comunidad. Por eso el futbol no moviliza únicamente aficionados; moviliza identidades. Cada gol reactiva recuerdos familiares, revive mundiales pasados, fortalece el sentido de pertenencia y alimenta la posibilidad de escribir una nueva historia. Lo que celebra un país no siempre es el marcador. Muchas veces celebra la oportunidad de volver a creer.
La política debería observar con atención este fenómeno. Durante años se insistió en que bastaba ofrecer mejores propuestas, presentar cifras más convincentes o construir argumentos más sólidos. Sin embargo, las campañas electorales, los movimientos sociales e incluso las grandes transformaciones históricas demuestran que ninguna idea cambia una sociedad si antes no logra conmoverla.
Las personas no siguen únicamente programas de gobierno. Siguen causas. No recuerdan largas explicaciones. Recuerdan símbolos. No marchan detrás de estadísticas. Caminan detrás de emociones.
Quizá por eso una frase tan sencilla como ¿Y si sí? ha logrado instalarse con tanta rapidez en el imaginario colectivo. Porque no habla únicamente de futbol. Habla de la posibilidad de vencer al favorito, de romper pronósticos, de desafiar la historia y de imaginar un futuro distinto. Toda esperanza comienza exactamente así: con una pregunta.
Vivimos tiempos marcados por la polarización, la desconfianza y el desencanto. La conversación pública suele girar alrededor de aquello que nos enfrenta. El Mundial, en cambio, nos recuerda que todavía existen símbolos capaces de reunir a millones de mexicanos alrededor de una misma emoción. No elimina nuestras diferencias, pero las coloca, aunque sea por un instante, en un segundo plano. Conviene no menospreciar esa experiencia.
Las naciones no sólo se construyen mediante instituciones, leyes o políticas públicas. También se sostienen sobre emociones compartidas. El orgullo, la solidaridad, la confianza y la esperanza forman parte del capital simbólico que mantiene unida a una comunidad. Cuando esas emociones desaparecen, la cohesión social comienza a deteriorarse. Cuando reaparecen, incluso alrededor de un partido de futbol, nos recuerdan que todavía somos capaces de reconocernos como parte de un mismo nosotros.
Quizá esa sea la mayor lección que deja este Mundial. No importa únicamente hasta dónde llegue la Selección Mexicana. Lo verdaderamente valioso es descubrir que millones de personas siguen siendo capaces de emocionarse al mismo tiempo, de compartir una ilusión y de volver a creer que lo improbable también puede suceder.
Porque, al final, las grandes transformaciones —en el deporte, en la política y en la vida— nunca comienzan con una certeza.
Comienzan cuando una sociedad se atreve a formular una pregunta.
¿Y si sí?


