Cuando Washington también hace campaña
Por: Helios Ruíz
Imaginemos un patio electoral donde, además de los candidatos locales, hay un invitado que nunca aparece en la boleta pero que todos mencionan, citan, rechazan o abrazan según les convenga. Ese invitado es Donald Trump, y en las últimas semanas ha quedado claro que su presencia en las campañas latinoamericanas no es un rumor ni una metáfora: es una estrategia deliberada que ya forma parte del tablero electoral de la región.
En Brasil, el ejemplo es difícil de ignorar. En menos de un mes, el presidente estadounidense recibió en el Despacho Oval primero al presidente Lula da Silva y después al senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente condenado por intentar un golpe de Estado y hoy uno de los principales aspirantes a la presidencia en las elecciones de octubre. Dos visitas, dos mensajes distintos, y un mismo actor capaz de sostener ambos al mismo tiempo. Pocos días después de recibir a Bolsonaro hijo, Washington designó como organizaciones terroristas a dos de las bandas criminales más poderosas de Brasil, una medida que el propio Bolsonaro había pedido para presentarse como el candidato de mano dura frente al crimen organizado. Lula, por su parte, no se quedó atrás: cuando Estados Unidos volvió a poner sobre la mesa la amenaza de aranceles del 25% a las exportaciones brasileñas, el mandatario convirtió esa presión económica en un arma de campaña, bautizándola con un apodo que mezclaba el nombre del arancel con el de su rival, y transformando así una amenaza externa en munición política interna.
Lo que ocurre en Brasil no es un caso aislado. En Colombia, a pocos días de la segunda vuelta presidencial entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, el ambiente también está marcado por la sombra de Washington. El cambio de tono de Trump hacia el gobierno saliente, las señales de cercanía hacia sectores de la oposición y los respaldos públicos de otros liderazgos regionales alineados con la Casa Blanca se han convertido en parte del relato que cada campaña construye sobre sí misma: unos se presentan como garantía de buena relación con Estados Unidos, otros como la última línea de defensa frente a una injerencia que consideran inaceptable.
Para quien trabaja en comunicación política, este fenómeno no debería sorprender, pero sí debería preocupar. Cuando un actor externo se convierte en parte del relato doméstico, las campañas dejan de discutir únicamente los problemas que afectan la vida cotidiana de los ciudadanos (el empleo, la seguridad, la salud, la educación) y empiezan a discutir qué tan cerca o lejos está cada candidato de Washington. Es un desplazamiento sutil pero profundo: el debate público pasa de “qué propone este candidato para resolver mis problemas” a “qué tan cerca está este candidato del poder estadounidense”. Y ese desplazamiento no es inocente, porque favorece a quienes tienen la capacidad de construir puentes, reales o simbólicos, con esa potencia, y deja en desventaja a quienes no la tienen, sin importar la calidad de sus propuestas.
Hay además un efecto que pocas veces se discute: la ambivalencia. Las encuestas en Brasil muestran que Trump divide profundamente a la opinión pública, lo que significa que su respaldo puede ser un activo para un sector del electorado y un pasivo para otro, casi en la misma proporción. Esto convierte cada gesto de Washington en una apuesta de alto riesgo para quienes creen beneficiarse de él: lo que hoy parece un espaldarazo puede volverse, en cuestión de semanas, el argumento favorito del adversario.
Lo más relevante, sin embargo, es lo que esto anticipa para el resto de la región. Si el patrón se mantiene (y todo indica que así será) los próximos procesos electorales latinoamericanos no podrán analizarse únicamente desde sus dinámicas internas. Cada candidato deberá decidir, tarde o temprano, cómo posicionarse frente a Washington, y cada elector deberá aprender a distinguir entre lo que es una propuesta de gobierno y lo que es, simplemente, una fotografía con el presidente equivocado, o el correcto, según quién la use.
La pregunta que queda abierta, entonces, no es si Washington seguirá interviniendo en las elecciones de América Latina, porque ya lo está haciendo, sino qué tan preparados estamos, como ciudadanos, para distinguir cuándo un gesto internacional es diplomacia y cuándo es, en realidad, una jugada de campaña disfrazada de ella.


