SOBRE LA DEUDA IMAGINARIA DE QUIENES MIGRAMOS , Y LA DIFERENCIA ENTRE LA CULPA QUE PARALIZA Y EL AMOR QUE TRANSFORMA.
ESCRIBE: GABRIELA AVENDAÑO
A Bolívar se le atribuye, entre los escombros del terremoto de Caracas de 1812, una frase que todavía nos persigue: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella». Más de dos siglos después, esa frase no debería leerse como soberbia, sino como una negativa venezolana a rendirse ante la ruina.
Hoy no se trata de vencer a la naturaleza. Se trata de no permitir que la tragedia nos convierta en culpables.
Hay dolores que nos alcanzan aunque estemos lejos. Nos atraviesan la pantalla, nos apagan la voz y nos dejan con una pregunta injusta: ¿cómo sigo con mi vida mientras mi país sufre?
Y entonces aparece la culpa.
Culpa por trabajar. Culpa por publicar. Culpa por cumplir una pauta. Culpa por tener una reunión. Culpa por estar a salvo. Culpa por habernos ido.
Pero no confundamos culpa con amor.
La culpa nos castiga por una tragedia que no provocamos. La empatía, en cambio, nos permite sentir sin destruirnos. Nos permite acompañar, ayudar, denunciar, sostener. La culpa nos hunde hacia adentro; el amor nos mueve hacia los demás.
LA DEUDA IMAGINARIA
Quienes migramos conocemos demasiado bien esa deuda imaginaria. Nos fuimos, pero Venezuela se quedó en la garganta. Nos salvamos, pero no nos fuimos del todo. Seguimos pendientes de una llamada, de una noticia, de una emergencia, de una familia que resiste. Sin embargo, irse no fue traicionar.
Sobrevivir no fue abandonar.
Reconstruirse no es olvidar.
También hay patria en levantar una vida honesta lejos de casa.
Bolívar dijo en Angostura que «moral y luces» eran nuestras primeras necesidades. Hoy esa frase vuelve con una urgencia brutal: moral para no mentir sobre los responsables; luces para no castigarnos a nosotros, los inocentes.
Un terremoto es natural. La indefensión de un pueblo es política.
La responsabilidad moral y política está en quienes destruyeron las instituciones, vaciaron los hospitales, apagaron la prevención y convirtieron cada emergencia en abandono. La naturaleza golpea; pero el abandono condena.
El precio de perder la democracia no siempre se paga en discursos ni en elecciones robadas. A veces se paga en hospitales sin insumos, en ciudades sin protección, en funcionarios sin respuesta, en ciudadanos abandonados a su suerte. A veces una tragedia comienza muchos años antes del desastre.
LA CONCIENCIA NO NACIÓ PARA ARRODILLARNOS
Por eso no carguemos una deuda que no nos pertenece.
Los buenos sienten culpa no porque sean culpables, sino porque todavía tienen conciencia. Porque todavía les duele. Porque no se han vuelto indiferentes. Pero la conciencia no nació para arrodillarnos. Nació para movernos.
Nadie puede ser puente si se derrumba. Nadie puede acompañar si se desaparece a sí mismo. Nadie puede ayudar mejor por sentirse más culpable.
Simón Rodríguez nos dejó una advertencia que parece escrita para este tiempo: «O inventamos o erramos». Inventemos, entonces, una forma más noble de estar. Una forma más humana de responder. Transformemos la tristeza en ayuda, la rabia en denuncia, la memoria en acción y la impotencia en algo útil, incluso hermoso.
No podemos hacer justo al mundo de un día para otro. No podemos devolver todo lo perdido. No podemos reparar solos tanta crueldad. Pero sí podemos impedir que el horror nos vuelva cínicos, que el dolor nos vuelva inútiles, que el miedo nos robe la ternura.
Que nos duela, sí. Que nos mueva, también. Pero que no nos paralice.
Venezuela no te necesita sintiendo culpa. Te necesita despierto. Te necesita sensible. Te necesita entero. Te necesita humano.
La culpa inmoviliza. El amor transforma.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
Venezuela no te necesita SINTIENDO CULPA SOBRE LA DEUDA IMAGINARIA DE QUIENES MIGRAMOS , Y LA DIFERENCIA ENTRE LA CULPA QUE PARALIZA Y EL AMOR QUE TRANSFORMA. ESCRIBE: GABRIELA AVENDAÑO A Bolívar se le atribuye, entre los escombros del terremoto de Caracas de 1812, una frase quetodavía nos persigue: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella». Más de dos siglos después, esa frase no debería leerse como soberbia, sino como una negativa venezolana a rendirse ante la ruina. Hoy no se trata de vencer a la naturaleza. Se trata…