El rescate de lo nuestro: Un voto por la Paz y la Identidad costarricense
Por: Un Consultor y ciudadano preocupado
El próximo primer domingo de febrero, Costa Rica se mirará al espejo. Cuando estemos frente a la papeleta, con el crayón en la mano en la soledad de la urna, no estaremos simplemente eligiendo a un nuevo inquilino para Zapote (Casa Presidencial). Eso sería reducir el momento histórico a un trámite administrativo. Lo que realmente vamos a decidir es si queremos seguir siendo costarricenses o si estamos dispuestos a renunciar, quizás para siempre, a nuestra alma nacional.
Nunca antes se había planteado un dilema moral de tal magnitud en una elección.
Durante décadas, construimos una identidad que el mundo envidiaba y que a nosotros nos inflaba el pecho. Éramos la excepción en una región convulsa. Éramos el país que abolió el ejército para invertir en libros y cuadernos; el pueblo que entendió que la salud no es mercancía, sino un derecho humano, y creó una Caja del Seguro Social solidaria y robusta. Éramos la nación verde que decidió valerse por su talento y su belleza natural, exportando inteligencia y paz.
Esa identidad, ese “ser tico”, hoy pende de un hilo.
Como estratega digital, paso mis días analizando datos, tendencias y encuestas. Pero más allá de los números, lo que escucho es un clamor silencioso: ¿Aún estamos a tiempo de traer tranquilidad a nuestras mesas?
El costarricense está agotado del ruido, de la confrontación constante, del insulto fácil. Esperamos que quien gane, sea quien sea, nos devuelva eso: la paz mental. Lo necesitamos desesperadamente. Porque solo podremos progresar como Nación si encontramos el camino para construir y no para destruir. No se arregla una casa prendiéndole fuego a los cimientos; se arregla reparando las grietas con dedicación y técnica.
Para lograr esto, se requiere una dosis masiva de humildad. Y hablo aquí directamente a los dirigentes políticos, sobre todo a los de las fuerzas tradicionales. Ellos deben tener la valentía de reconocer que el resultado electoral de hace cuatro años no fue un accidente; fue un castigo. Fue el grito de un pueblo que se sintió fallado.
Esos líderes deben defender sus aciertos, que fueron muchos y formaron la base de este gran país, pero también deben agachar la cabeza y reconocer sus desaciertos, que también fueron muchos y dolorosos. La corrupción, la desconexión y la ineficiencia nos trajeron aquí. Sin embargo, que el castigo del pasado no se convierta en el suicidio del futuro. Que esta elección no sea el entierro definitivo de nuestra identidad.
Como costarricense, me rehúso a normalizar cuatro años más de discursos de odio. Me niego a aceptar que la violencia verbal contra las mujeres o la prensa sea la banda sonora de nuestra democracia.
Mi voto es un pliego de peticiones desde el alma:
- Quiero que en los comedores escolares se vuelva a servir sustento digno, porque sé que para muchos niños y jóvenes ese plato caliente es el único abrazo seguro que reciben en el día.
- Quiero que las mujeres vuelvan a tener guarderías de calidad para dejar a sus hijos mientras salen a trabajar, muchas veces cubriendo la irresponsabilidad de parejas que no cumplieron con la suya.
- Quiero que dejemos de ver noticias sobre sicariato y volvamos a leer en la prensa internacional buenas noticias sobre nuestro país.
- Quiero que nuestros niños vuelvan a jugar con dinosaurios, soñando con ser científicos en nuestro inspirador y propio Jurassic Park de biodiversidad, y no que jueguen con pistolas imitando la violencia que ven en sus barrios.
- Quiero un sistema educativo que sea motor de movilidad social, no una fábrica de exclusión.
El dilema moral que nos jugamos este primero de febrero es el continuismo del enojo o la recuperación del ser costarricense. Es volver a ser ticos y ticas Pura Vida: alegres, respetuosos, conversadores, soñadores.
Los estudios nos dicen que los ticos queremos un Estado que nos proteja, no que nos asuste. Queremos un territorio libre de narcotráfico y crimen organizado, pero logrado con inteligencia y justicia, no con autoritarismo. Quiero volver a tener presidentes que nos hagan sentir orgullosos al escucharlos hablar, líderes que unan, no que dividan.
Quisiera que los políticos que empezaron con campañas de odios —no solo en esta administración, sino desde las viejas heridas de la polarización de hace casi dos décadas cuando subieron a Otón y Arias a un cuadrilátero— se bajen del ring de una vez por todas. Ya basta.
Quiero una Costa Rica donde las personas ciudadanas sean el centro del ser y del hacer de quienes nos gobiernan.
Volvamos a ser esa tierra gentil. Que el enojo no nos robe la esperanza. Piénselo bien a la hora de votar. Mi voto será para quien nos demuestre que tiene la capacidad de devolvernos la paz y la identidad que tanto amamos.
¡Que vivan siempre el trabajo y la Paz!
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
El rescate de lo nuestro: Un voto por la Paz y la Identidad costarricense Por: Un Consultor y ciudadano preocupado El próximo primer domingo de febrero, Costa Rica se mirará al espejo. Cuando estemos frente a la papeleta, con el crayón en la mano en la soledad de la urna, no estaremos simplemente eligiendo a un nuevo inquilino para Zapote (Casa Presidencial). Eso sería reducir el momento histórico a un trámite administrativo. Lo que realmente vamos a decidir es si queremos seguir siendo costarricenses o si estamos dispuestos a renunciar,…










