Tamaulipas 2024: anatomía de un voto diferenciado rumbo al 2027
Por: Alberto Rivera
El proceso electoral de 2024 en Tamaulipas no puede entenderse únicamente desde la lógica de ganadores y perdedores. Hacerlo sería ignorar lo más importante: la forma en que votó la ciudadanía.
Porque más allá de los porcentajes, lo verdaderamente relevante es que en esta elección no hubo un solo voto… hubo múltiples decisiones coexistiendo en una misma jornada.
Con una participación del 56.5%, Tamaulipas se ubicó en un rango medio, lo que indica que la elección no fue producto de una movilización extraordinaria, sino de una activación selectiva del electorado. En términos de ciencia política, esto sugiere que el resultado se explica tanto por la preferencia como por la capacidad organizativa de los actores políticos para movilizar a sus votantes.
En la elección presidencial, el resultado fue contundente. La coalición encabezada por Morena superó el 60% de la votación, consolidando una amplia dominancia territorial. Este fenómeno responde al efecto arrastre (coattail effect), en el que la figura presidencial orienta el comportamiento del voto y alinea distintas boletas bajo una misma lógica. En este nivel, el voto fue masivo, concentrado y guiado por una narrativa nacional.
Sin embargo, esa aparente homogeneidad se rompe al observar el resto de las elecciones.
El elector tamaulipeco no votó igual para todos los cargos. Emitió un voto diferenciado (split-ticket voting): mientras en la elección presidencial hubo una clara concentración del voto, en senadurías, diputaciones y alcaldías ese mismo voto se fragmentó, se redistribuyó y, en varios casos, se reorientó hacia otras fuerzas políticas.
La elección de senadores es particularmente reveladora. A diferencia de la presidencial, Morena, el Partido Verde y el Partido del Trabajo compitieron por separado, lo que permitió observar su peso real: alrededor del 45% para Morena, 11% para el Partido Verde y 3% para el Partido del Trabajo. A estos porcentajes se suma la presencia de Movimiento Ciudadano, que, con una votación cercana al 7%, confirma la existencia de un segmento del electorado que no se alinea ni con el bloque oficialista ni con la oposición tradicional. Esto demuestra que el 60% observado en la presidencial no es un bloque homogéneo, sino una suma de electorados distintos que solo se convierten en mayoría cuando actúan de manera coordinada.
Esta desagregación del voto permite comprender la lógica del poder. Morena no gana solo; gana porque articula una coalición funcional. El Verde aporta voto propio y amplía el techo electoral, capturando segmentos que Morena no necesariamente alcanza; el PT, aunque en menor porcentaje, fortalece la estructura territorial y la capacidad de movilización. Movimiento Ciudadano, por su parte, introduce un factor adicional: fragmenta el voto opositor y se posiciona como una tercera vía incipiente que, sin ganar territorios de manera generalizada, puede incidir en resultados cerrados.
Del lado opositor, la coalición PAN-PRI presenta una dinámica distinta. En la elección presidencial alcanza poco más del 26% de la votación, pero se trata de una alianza asimétrica: el PAN concentra la mayor parte del voto, mientras que el PRI aporta una fracción menor y no siempre logra transferir por completo su electorado. Esto genera una debilidad estructural: a diferencia del bloque oficialista, la oposición no siempre convierte su suma en una mayoría funcional, y además enfrenta la fuga de votos hacia opciones como Movimiento Ciudadano.
Aun así, la oposición no desaparece. En la elección de senaduría incrementa su presencia territorial, y en las diputaciones —tanto federales como locales— logra competir en distritos específicos donde mantiene arraigo. Esto confirma que el sistema político en Tamaulipas no es cerrado, sino asimétrico: hay dominancia, pero también disputa.
Es en el ámbito municipal donde esta dinámica se vuelve más evidente. A pesar del arrastre presidencial, la oposición logra sostener y ganar espacios, mientras que Morena retiene municipios estratégicos incluso en contextos de alta competencia. Esto demuestra que el elector distingue entre los niveles de gobierno y los evalúa de manera diferenciada. En las alcaldías, el voto deja de ser ideológico y se vuelve experiencial: se vota por cercanía, por desempeño y por la percepción directa del gobierno.
Aquí emerge una de las lecciones más importantes del proceso electoral. En la política local, los márgenes se estrechan y los detalles adquieren un peso decisivo. Porcentajes que, a nivel estatal, parecen marginales se vuelven determinantes a nivel municipal: el 5% del Verde puede definir ganadores y el 3% del PT puede inclinar la balanza en contiendas cerradas. A ello se suma el papel de Movimiento Ciudadano, cuyo porcentaje puede fragmentar el voto en escenarios competitivos. Del mismo modo, la capacidad del PAN para absorber —o no— el voto del PRI puede marcar la diferencia entre ganar y perder en municipios clave.
En términos teóricos, Tamaulipas configura un sistema de partido predominante con un pluralismo competitivo limitado. Morena actúa como fuerza dominante, pero no excluyente; la oposición resiste, pero no logra consolidarse como alternativa homogénea, y una tercera fuerza comienza a ocupar espacios en la fragmentación del voto.
La implicación para el futuro es clara. Si 2024 estuvo marcado por el efecto arrastre presidencial, 2027 será una elección distinta: más territorial, más fragmentada y más competida. Sin una figura nacional que ordene el voto, el electorado regresará a sus lógicas locales y las coaliciones —así como la capacidad de evitar la dispersión del voto— serán determinantes.
Porque al final, en Tamaulipas, el ciudadano no votó una sola vez… votó cinco veces en una misma jornada.
Y el poder no se explica por un partido, sino por la capacidad de construir —y mantener— una coalición… o de fragmentar al adversario.



