Del salario mínimo al salario digno
Por: @OrlandoGoncal
Recientemente, el informe Oxfam lanzó una advertencia que debería resonar en cada parlamento del mundo: la desigualdad no es un accidente, sino una elección política.
Mientras la riqueza de los cinco hombres más ricos del mundo se ha duplicado desde 2020, la situación del trabajador promedio parece haberse estancado en una espiral de precariedad.
Esta desconexión entre el crecimiento macroeconómico y el bienestar individual está erosionando el contrato social y poniendo en jaque la estabilidad de las democracias.
Lo anterior plantea un divorcio entre el esfuerzo y la recompensa, y uno de los datos más alarmantes que explican esta crisis es la ruptura del vínculo entre productividad y salarios.
Según datos del Economic Policy Institute (EPI), entre 1970 y 2020, la productividad en economías desarrolladas aumentó un 300%, impulsada por la automatización y la tecnología; sin embargo, los salarios reales solo crecieron un 130%.
Esta brecha significa que parte del valor generado por el trabajo humano no va al bolsillo de quienes lo generan, sino a los dividendos de accionistas y a la compensación de altos ejecutivos. El resultado es una clase trabajadora precarizada: personas que, pese a tener empleos, no logran cubrir sus necesidades básicas.
Paralelamente a esta erosión salarial, los gobiernos han emprendido una retirada estratégica de sus responsabilidades sociales. Bajo el mantra de la austeridad, el acceso al techo para un hogar se convierte en un activo financiero de lujo, con precios exponencialmente por encima del poder adquisitivo del trabajador.
También en el caso de la educación y la salud, sometidas a la presión de la privatización encubierta y los recortes en servicios públicos han trasladado el costo del bienestar al individuo, aumentando el endeudamiento familiar.
Paralelamente, se ha debilitado a la seguridad social, pues las reformas de pensiones y la flexibilización laboral han eliminado la red de seguridad que antes garantizaba una vejez digna.
Esta combinación de salarios bajos y servicios públicos reducidos está llevando al mundo a una crisis social inminente, pues, cuando el esfuerzo no garantiza progreso surge el resentimiento, alimentando populismos autoritarios que prometen soluciones mágicas a problemas estructurales.
Para revertir la situación, no basta con ajustes marginales, se necesita pasar del concepto de “salario mínimo” (el piso legal para evitar la indigencia) al salario digno (aquel que dignifica la participación en sociedad).
Para ello, los líderes podrían trabajar en cinco ejes de acción:
- Reforma fiscal progresiva: Implementar impuestos a la riqueza extrema y cerrar paraísos fiscales para financiar servicios públicos universales.
- Fortalecimiento sindical: Empoderar la negociación colectiva para que los trabajadores recuperen su capacidad de exigir una parte justa de las ganancias de productividad.
- Vivienda como derecho, no como activo: Regular los precios de alquiler en zonas tensionadas y aumentar masivamente el parque de vivienda pública.
- Reducción de la jornada laboral: Distribuir el trabajo existente y los beneficios de la IA reduciendo la jornada sin pérdida salarial, mejorando la salud mental y la productividad.
- Salario digno legislado: Ajustar el salario base no por inflación, sino por el costo real de una vida digna (salud, educación, vivienda, ocio y ahorro).
Implementar un salario digno no es una carga para la economía, es un combustible que enciende el motor del bienestar, y aquí solo dos ejemplos que empresarios como gobiernos de la región deberían analizar e implementar:
Islandia: Entre 2015 y 2019 llevó a cabo la prueba de una semana laboral de cuatro días con pago de salario digno. El resultado no fue solo una mejora radical en el bienestar de los ciudadanos, sino que la productividad se mantuvo o aumentó en la mayoría de los sectores. Hoy, el 86% de su fuerza laboral tiene contratos con jornadas reducidas o el derecho a pedirlas.
Dinamarca: A través del “modelo nórdico”, ha demostrado que salarios altos y una red de seguridad social robusta crean una sociedad más innovadora. El no temer al desempleo o a la enfermedad (gracias al Estado de bienestar), los ciudadanos están dispuestos a emprender y a formarse en nuevas tecnologías, manteniendo al país en los primeros puestos de competitividad global.
Como conclusión, se puede decir que la precariedad no es un destino inevitable de la globalización, sino la consecuencia de un sistema que prioriza el capital sobre la vida. En consecuencia, cerrar la brecha entre la productividad y el bienestar evitará profundizar la fractura social.
Es hora de entender que un país es tan rico como lo sean sus ciudadanos más humildes, y no como sus billonarios más prósperos. Reto para lideres con capacidad de inspirar, generar cambio y resolver problemas que hoy tienen a las sociedades y las democracias pendiendo de un hilo.

