El resentimiento y la erosión de la esperanza
Por: Alberto Rivera
Hace tiempo escribí sobre el resentimiento como una de las emociones más persistentes en la vida política. No es una emoción estridente ni inmediata; a diferencia de la ira, que irrumpe, o de la indignación, que moviliza, el resentimiento opera de manera distinta. Se acumula con el tiempo, se asienta en la experiencia cotidiana y termina por convertirse en una forma de interpretar la realidad. Surge de la reiteración de expectativas que no se cumplen, de oportunidades que no llegan, de reconocimiento que se posterga, de promesas que pierden credibilidad.
En los últimos años, este tipo de emoción ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en un componente estructural del clima social. El resentimiento ya no solo se experimenta de manera individual, sino que también se comparte, se reproduce y se normaliza como parte del entorno colectivo.
Aparece, sobre todo, cuando existe una ruptura entre lo que una sociedad promete y lo que efectivamente puede ofrecer. Es en ese punto donde el relato del esfuerzo, el mérito y la movilidad social comienza a perder fuerza frente a la experiencia concreta de la incertidumbre y el estancamiento.
Esta tensión se vuelve particularmente visible en las generaciones más jóvenes. No necesariamente porque estén más enojadas que otras, sino porque enfrentan con mayor claridad la brecha entre lo que se les dijo que era posible y lo que realmente encuentran. Trayectorias educativas más largas, inserciones laborales más frágiles y mayores dificultades para construir autonomía personal han ido configurando una sensación persistente de desfase. El problema no es únicamente material; también lo es simbólico.
Tiene que ver con la percepción de que el camino que antes ofrecía certidumbre ya no garantiza resultados.
A diferencia de otros momentos históricos, este malestar no siempre se traduce en formas visibles de protesta. En muchos casos adopta expresiones más difusas: desconfianza hacia las instituciones, escepticismo frente a la política, distancia frente a los liderazgos tradicionales y una mayor disposición a escuchar discursos que simplifican la complejidad y ofrecen explicaciones claras, aunque no necesariamente soluciones viables. En ese sentido, el resentimiento no solo es una emoción; también es una forma de organizar el mundo, de asignar responsabilidades y de darle sentido a la experiencia de frustración.
Por eso resulta comprensible que distintos proyectos políticos encuentren en él un recurso narrativo eficaz. El resentimiento permite ordenar el conflicto en términos de agravio, identificar responsables y proponer, al menos simbólicamente, una idea de restitución. Sin embargo, reducirlo a una herramienta discursiva sería insuficiente. También es un indicador de que algo en el vínculo entre las expectativas sociales y los resultados institucionales ha dejado de funcionar.
Hay un elemento adicional que permite profundizar en esta lógica: la relación entre la expectativa y la resistencia. Un experimento realizado a mediados del siglo pasado mostró que, ante una situación límite, la capacidad de sostener el esfuerzo no depende únicamente de las condiciones físicas, sino también de la expectativa de que algo puede cambiar. En una primera fase, un grupo de ratas fue colocado en recipientes con agua sin posibilidad aparente de escapar; en promedio, resistían apenas unos minutos antes de rendirse por agotamiento. Sin embargo, cuando en una segunda fase fueron rescatadas justo antes de hundirse, se les permitió recuperarse y posteriormente se les devolvió a la misma situación, su comportamiento cambió de manera radical: su tiempo de resistencia se multiplicó de forma extraordinaria. La diferencia no estaba en su fuerza, sino en su percepción. Haber experimentado la posibilidad de ser rescatadas modificó su expectativa respecto del entorno.
Trasladado al plano social, el paralelismo es claro. Cuando las personas perciben que existe una posibilidad —aunque sea incierta— de que el esfuerzo tenga sentido, de que el sistema responda o de que el futuro sea alcanzable, tienden a persistir. Pero cuando esa expectativa se erosiona de manera sostenida, lo que emerge no es únicamente el cansancio, sino una frustración acumulada que puede transformarse en resentimiento.
Desde esta perspectiva, el resentimiento no solo puede leerse como reacción ante una pérdida, sino también como consecuencia de una expectativa que dejó de ser creíble. Es decir, no se trata únicamente de lo que falta, sino de la sensación de que aquello que falta difícilmente podrá alcanzarse. Ahí es donde la frustración se vuelve estructural y la política enfrenta uno de sus mayores desafíos.
Albert Camus planteaba que el resentimiento puede convertirse en una forma de encierro interior.
Trasladado al plano colectivo, el riesgo es similar. Una sociedad que organiza su conversación pública en torno al agravio permanente corre el riesgo de debilitar su capacidad para proyectar el futuro. Cuando la discusión se concentra en lo que se perdió o en quién es responsable, se reduce el espacio para imaginar soluciones compartidas.
En ese contexto, el problema no es la existencia del resentimiento en sí mismo —todas las sociedades gestionan emociones colectivas—, sino su permanencia como eje dominante. Si la política se limita a administrarlo o a explotarlo, sin atender las condiciones que lo generan, difícilmente podrá reconstruir la confianza.
El reto de fondo, por tanto, no es únicamente contener el malestar, sino restablecer las condiciones que hacen posible la expectativa. Porque es en ese punto —en la posibilidad de creer que el futuro puede ser distinto— donde la política recupera su sentido más profundo.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
El resentimiento y la erosión de la esperanza Por: Alberto Rivera Hace tiempo escribí sobre el resentimiento como una de las emociones más persistentes en la vida política. No es una emoción estridente ni inmediata; a diferencia de la ira, que irrumpe, o de la indignación, que moviliza, el resentimiento opera de manera distinta. Se acumula con el tiempo, se asienta en la experiencia cotidiana y termina por convertirse en una forma de interpretar la realidad. Surge de la reiteración de expectativas que no se cumplen, de oportunidades que no…











