La política también farmea aura | Augusto Hernández

Por: Augusto Hernández

El poder ya no basta: en tiempos de TikTok, quien no genera atención, autenticidad y admiración puede tener el cargo… pero perder la conversación.

Los jóvenes le pusieron nombre a algo que la política lleva siglos haciendo: farmear aura. En redes significa acumular, casi como si fueran puntos de un videojuego, presencia, estilo, seguridad, admiración y ese intangible que hace que alguien parezca tener “algo”. Hoy incluso existen batallas para decidir quién tiene más aura.

Suena frívolo.

Hasta que uno mira la política.

Porque Napoleón frente al retratista, Kennedy frente a la televisión, Fidel con uniforme, Obama pronunciando un discurso o un candidato contemporáneo convirtiéndose en meme estaban haciendo, con tecnologías distintas, exactamente lo mismo: construyendo poder simbólico.

La diferencia es que ahora el aura ya no la administran solamente los grandes medios, los partidos o las oficinas de comunicación.

La administra también un juez bastante más despiadado: el algoritmo.

Y al algoritmo le importan poco los cargos, apellidos y currículums. Puede convertir a un desconocido en personaje nacional durante una tarde y condenar al gobernador mejor producido al cementerio digital del scroll.

Ahí comienza el problema político de nuestro tiempo.

Del poder a la atención

Durante décadas la política compitió por controlar información. Hoy compite por un recurso todavía más escaso: atención.

Y en esa economía, el aura funciona como moneda.

Javier Milei lo entendió en Argentina. Cabello, chamarra, motosierra, lenguaje y confrontación construyeron un personaje imposible de confundir.

Nayib Bukele desarrolló otra fórmula: estética presidencial, escenarios, vestimenta, silencios y comunicación digital convirtieron su imagen en un producto político reconocible mucho más allá de El Salvador.

En México, la campaña presidencial de Jorge Álvarez Máynez mostró otra variante. Música, TikTok, memes y contenidos compartibles consiguieron instalar entre sectores jóvenes a un candidato que comenzó con una enorme desventaja de conocimiento.

No significa que el aura gane elecciones. Significa algo anterior: sin atención, difícilmente consigues siquiera el derecho a ser escuchado.

Pero cuidado: intentar tener aura puede quitarte aura

Aquí viene la parte que algunos políticos deberían imprimir y pegar en la oficina de comunicación, cuando la política descubre una tendencia juvenil suele querer apropiársela inmediatamente.

Aparece entonces el gobernador bailando.

El diputado diciendo “bro”.

La candidata explicando un meme.

El funcionario haciendo un trend cuando el trend murió hace tres semanas.

Y el inevitable: “necesitamos un TikTok para conectar con los chavos”.

-10,000 puntos de aura. Porque el aura tiene una característica endemoniada: desaparece cuando se nota demasiado el esfuerzo por conseguirla.

Las nuevas generaciones poseen un radar especialmente afinado para detectar impostura. La autenticidad puede tener estrategia detrás; lo que no puede es oler a estrategia.

Entonces, ¿cómo farmea aura un político?

No copiando a los jóvenes, sino, entendiendo qué premian.

Un político gana aura cuando demuestra capacidad sin anunciar permanentemente que es capaz; Cuando aparece donde debía aparecer; Cuando enfrenta una crisis mientras otros buscan culpables; Cuando explica algo complejo sin tratar al ciudadano como idiota; Cuando sostiene una posición aun cuando implique costos; Cuando puede reírse de sí mismo; Cuando escucha; Cuando responde; Cuando resuelve y; sobre todo, cuando existe coherencia entre el personaje que aparece frente a la cámara y la persona que emerge cuando cree que la cámara está apagada.

Porque imagen y aura no son lo mismo.

La imagen puede comprarse. El aura necesita ser reconocida por los demás; También existe la bancarrota de aura

Y aquí la política contemporánea tiene otro problema: los puntos pueden perderse brutalmente rápido.

Un gesto de soberbia. Una mentira descubierta. Una fotografía contradictoria. Un político rodeado de guaruras diciendo que está “cerca de la gente”. Un gobernante presumiendo austeridad desde una escenografía costosísima.

Antes podía ser una mala nota durante 24 horas.

Ahora puede convertirse en meme.

Y el meme posee un poder aterrador: condensa una percepción política compleja en una imagen que prácticamente no admite réplica.

Puedes ofrecer una conferencia de prensa de 40 minutos para explicarla.

El meme necesitó cuatro segundos para definirte.

¿Cuánta aura tiene su candidato?

Quizá deberíamos incorporar esa pregunta a los sofisticados diagnósticos de campaña. Parece una tontería hasta que desmontamos lo que significa.

Detrás del aura están carisma, autenticidad, diferenciación, credibilidad, estética, narrativa, comportamiento, autoridad y validación social.

Es decir, buena parte de las variables que llevamos décadas intentando construir y medir. Solo que internet las convirtió en una palabra y eso, también debería decirnos algo sobre cómo está cambiando la comunicación política.

Los jóvenes ya no esperan a que partidos, periodistas o consultores les indiquen quién posee liderazgo.

Ellos mismos están puntuando:

+1,000.

-5,000.

Cringe.

Basado.

Tiene aura.

No tiene aura.

Puede parecer superficial. Pero detrás de ese juego existe una transformación bastante seria: la autoridad institucional compite cada vez más contra la autoridad cultural.

Tener cargo no garantiza tener relato; Tener presupuesto no garantiza atención; Tener millones de seguidores no garantiza comunidad; Y tener poder no garantiza admiración; Por eso la próxima vez que alguien llegue a una reunión de estrategia preguntando:

“¿Cómo hacemos para que nuestro candidato tenga más aura?”

no deberíamos reírnos tan rápido.

Tal vez acaba de formular, en lenguaje de internet, una de las preguntas más antiguas de la política: ¿qué hace que la gente quiera seguir a alguien?

Y si después de leer esto un candidato ordena a su equipo: “Pónganme a farmear aura en TikTok”… Bueno.

Acaba de perder 10,000 puntos.

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