“Mi partido está en los últimos quince minutos de vida”
Por Elliot Coen
Esa confesión agónica, que escuché en el Foro de los Partidos Políticos en el marco del XVIII Congreso Internacional de Comunicación Política, no es un problema de marketing. Es un fallo multiorgánico.
Ante el abismo de la irrelevancia, la respuesta instintiva de la clase política tradicional ha sido entrar en pánico y llamar a las agencias de publicidad. Cambian los logotipos, saturan las redes sociales con colores de moda, adoptan tipografías modernas y contratan consultores para “refrescar la imagen”. Se equivocan rotundamente. El problema de nuestras instituciones democráticas no es un tema de imagen; es la ausencia total de identidad. Es un problema de ADN.
En el actual campo de batalla digital, donde la atención es el objetivo primero y las ocurrencias dictan la agenda, la superficialidad estética es devorada en segundos. Las maquinarias partidarias intentan sobrevivir emulando tendencias efímeras, creando discursos huecos meticulosamente diseñados para agradar a un electorado sintético. Pero la ciudadanía, que hoy sobrevive sumida en un profundo
letargo social, tiene un detector de mentiras infalible. La gente no pide colores más brillantes ni eslóganes prefabricados; exige convicciones reales.
Recuperar la identidad significa tener la valentía de mirar hacia adentro y recordar por qué nacieron. ¿Cuál es su causa fundamental? ¿Qué injusticia histórica vinieron a combatir? ¿Dónde se desviaron? El ADN de un proyecto político no se inventa en las asépticas paredes de un focus group ; se rescata de sus raíces morales.
Sin embargo, esa identidad no es un concepto abstracto. Solo puede encarnarse a través de un elemento que la inteligencia artificial no puede programar y que el dinero no puede comprar: liderazgos auténticos.
Necesitamos con urgencia líderes coherentes. Tema central de la conferencia magistral de Antonio Sola. Figuras cuyas vidas privadas y trayectorias públicas rimen perfectamente con los principios que predican en las tarimas. Líderes que entiendan profundamente que gobernar es comunicar, y que esa comunicación debe nacer invariablemente de la autenticidad, no de la pose calculada. En un ecosistema político asfixiado por la gritería, la polarización y el insulto, la mayor y más disruptiva rebeldía es la coherencia.
Si queremos curar a nuestras sociedades fragmentadas y revertir la trágica pérdida de la sonrisa en nuestros ciudadanos, debemos volver a lo esencial. Nunca debemos olvidar la premisa fundamental de nuestra labor: ¡Son las personas, ¡Estúpido!. La estrategia no debe centrarse en los clics, sino en la
ciudadanía. Es un imperativo ético recordar que siempre hay que emocionar para ganar. Pero esa emoción no puede ser nunca una táctica manipuladora; debe ser el resultado natural de conectar el sufrimiento real de la gente con la identidad pura e incorruptible de un líder genuino.
La política moderna no necesita mejores campañas de rebranding. Necesita recuperar su alma. Debemos interiorizar que, por encima de cualquier debate técnico y muy por encima de la libertad de expresión entendida en nuestros días, equivocadamente, como libertad de agresión, está la dignidad humana. Solo los partidos que logren comprender esto, que reconstruyan sus bases éticas y levanten líderes verdaderamente coherentes con su ADN, lograrán que sus “últimos quince minutos de vida” se conviertan en el amanecer de la reconstrucción social.
En los laboratorios de campaña modernos, las pantallas brillan con mapas de calor y análisis de sentimiento en tiempo real, calculando el pico exacto de indignación de los votantes hasta la última milésima de segundo. Mientras tanto, en las calles, los ciudadanos hacen cuentas para sobrevivir al mes. Existe una desconexión brutal, casi clínica, entre la política y la realidad. Particularmente en mi país, ni siquiera escuchan.
La clase política tradicional está librando una guerra del siglo XXI con un mapa trasnochado. En el despiadado campo de batalla digital, donde la Inteligencia Artificial, los bots y las fakenews diseccionan nuestras vulnerabilidades, los partidos han cometido un error suicida: intentar competir contra la máquina
convirtiéndose en una de ellas. Se han vaciado por dentro. Han sustituido su ADN histórico y sus causas fundacionales por métricas de vanidad, creyendo ilusamente que una nueva paleta de colores en redes sociales o super spot los salvará de la irrelevancia. Se equivocan.
Hoy, nuestras sociedades están exhaustas. Vivimos inmersos en un letargo social, una epidemia de desilusión alimentada por dirigentes que moldean sus “principios” según sople el trending topic
del día. Frente a este vacío existencial, la respuesta instintiva de las maquinarias electorales ha sido subir el volumen: generar más ruido, más confrontación tóxica, más polarización artificial.
Sin embargo, con humildad y respeto, advierto que esa es la estrategia de los perdedores a largo plazo. En un ecosistema saturado de odio, a menudo la maniobra más inteligente y desestabilizadora no es la confrontación directa; es ignorar en lugar de atacar. El ruido aturde, pero el silencio estratégico enfoca.
Recuperar la identidad de un partido no es un ejercicio de melancolía literaria; es un imperativo de supervivencia. Significa dejar de hablarle a un electorado sintético, fabricado en los servidores de las
Big Tech, para volver a mirar a los ojos a la gente de carne y hueso. El ADN de un movimiento político no es un logotipo; es la herida social que prometió curar el día que fue fundado. Y el ADN no se rediseña; se honra.
Pero esa identidad histórica es inútil si no está encarnada en liderazgos radicalmente auténticos. Necesitamos figuras públicas cuya ética sea tan de granito que actúe como un cortafuegos contra la manipulación algorítmica. Debemos recordar, hoy más que nunca, que gobernar es comunicar. Y la comunicación más disruptiva, revolucionaria y persuasiva en la era del deepfake y la mentira automatizada es la coherencia absoluta entre lo que el líder vive en privado y lo que defiende en público.
Los estrategas del cinismo dirán que el algoritmo premia la furia. Es cierto que el odio genera clics más rápido, pero también es cierto que destruye las naciones. Si nuestro objetivo final es reconstruir este tejido social desgarrado y revertir la dolorosa pérdida de la sonrisa en nuestras comunidades, la política debe volver a su esencia. Hay que emocionar para ganar, sí, pero esa emoción debe nacer de la esperanza y de la empatía profunda, no de la explotación de nuestros traumas.
No lo olvidemos cuando los manuales de crisis y las métricas nos abrumen: ¡Son las personas, ¡Estúpido!. La tecnología es una herramienta táctica fascinante, pero no es el fin, es un medio que deben aprender a usar todos pero, por encima de cualquier debate técnico, de cualquier conveniencia electoral y, categóricamente, por encima de una malentendida libertad de expresión que se disfraza como libertad de agresión, está y estará siempre la dignidad humana.
En el XVIII Congreso Internacional de Comunicación Política que realizamos por primera vez en Costa Rica hace unos días lo repitieron estrategas cómo Sola, Cedeño, Sifuentes, Ivoskus. Tuvimos expositores de lujo. Espero que aprovechemos sus enseñanzas. Amigos y colegas como la Tal Renata, Elías, Hernández, Ontiveros, Ospina nos dieron luces que espero, que las más de trescientas personas que nos acompañaron esos días, las utilicen.
Porque, los únicos partidos que sobrevivirán a sus “últimos quince minutos” serán aquellos que entiendan que el futuro no le pertenece al que contrate el mejor creativo, sino al que tenga el valor de recuperar su alma.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
“Mi partido está en los últimos quince minutos de vida” Por Elliot Coen Esa confesión agónica, que escuché en el Foro de los Partidos Políticos en el marco del XVIII Congreso Internacional de Comunicación Política, no es un problema de marketing. Es un fallo multiorgánico. Ante el abismo de la irrelevancia, la respuesta instintiva de la clase política tradicional ha sido entrar en pánico y llamar a las agencias de publicidad. Cambian los logotipos, saturan las redes sociales con colores de moda, adoptan tipografías modernas y contratan consultores para “refrescar…









