Gobernar Venezuela bien empieza por crear las condiciones para gobernar.
Por: Helios Ruíz
En política, los símbolos importan. Pero gobernar no se hace con símbolos: se hace con instituciones. Es por eso que, cuando se habla de una transición democrática en Venezuela, la prioridad no debe ser quién asume el poder, sino en qué condiciones lo asume. Porque de nada sirve nombrar a un nuevo presidente o presidenta si las estructuras que sostienen el Estado siguen intactas y respondiendo a los intereses del régimen anterior.
Hoy muchos en América Latina siguen con atención lo que sucede en Venezuela, con el anhelo legítimo de ver al país salir de una prolongada crisis institucional, económica y social. Sin embargo, también es necesario advertir un riesgo: la tentación de buscar atajos, de pensar que basta con un cambio de liderazgo para transformar un modelo de poder profundamente arraigado durante más de dos décadas.
Pero gobernar no es solo ocupar un cargo. Gobernar es tomar decisiones, es implementar políticas, es tener el control legal, legítimo y operativo de las instituciones que permiten ejecutar cambios. Y eso, en Venezuela, todavía no es una realidad.
El mensaje que a veces se transmite, de que basta con sacar al chavismo “simbólicamente” del poder para que todo cambie, es una ilusión peligrosa. El cambio real, sostenible, empieza por crear una nueva arquitectura institucional: un nuevo Tribunal Supremo de Justicia que actúe con independencia; un nuevo Consejo Nacional Electoral que garantice procesos transparentes; una Asamblea Nacional con representación plural y democrática; y, más profundamente aún, una nueva Constitución que permita al país rediseñar su modelo económico, político y social.
Quien hoy pretenda gobernar Venezuela sin haber transformado primero estas estructuras, está condenado al fracaso. No por falta de voluntad, ni por falta de apoyo popular, sino porque las condiciones objetivas de gobernabilidad no existen aún.
Pensemos en lo que enfrentaría cualquier liderazgo opositor si asumiera el poder en este momento: una Corte Suprema integrada en su mayoría por exfuncionarios del chavismo, un sistema electoral controlado por el oficialismo, una Asamblea Nacional con mayoría de diputados vinculados al régimen anterior, y gobiernos locales, gobernadores y alcaldes, que responden a lógicas clientelares construidas durante años. ¿Qué margen real tendría esa persona para hacer reformas, atraer inversión extranjera o impulsar cambios constitucionales?
Es como pedirle a alguien que construya una casa sin herramientas, sin materiales y en un terreno minado.
Y aquí surge la paradoja: si esa persona decide negociar con los actores del régimen anterior para obtener cambios graduales, corre el riesgo de perder su legitimidad ante sus propios seguidores, que podrían interpretarlo como una traición. Pero si no negocia y trata de avanzar sin acuerdos, simplemente no podrá gobernar. Estará atrapado en un sistema que no fue diseñado para el cambio, sino para perpetuar el control.
La transición que Venezuela necesita no puede hacerse de tajo. No es viable, ni en términos políticos ni institucionales. Lo que se necesita es una secuencia ordenada de pasos que conduzcan a una verdadera refundación del Estado: primero, una negociación sólida que permita acordar la renovación del sistema judicial y electoral; luego, una Asamblea Constituyente que convoque a todos los sectores del país para redactar una nueva Constitución; y solo entonces, con instituciones renovadas y un nuevo marco legal, llamar a elecciones presidenciales bajo reglas claras, justas y aceptadas por todos.
Solo así quien gane esas elecciones, sea quien sea, tendrá la legitimidad y las herramientas para gobernar bien, para implementar reformas profundas, para reconstruir el país y devolverle a la ciudadanía su confianza en el futuro.
En este sentido, los actores internacionales también deben entender que presionar para un cambio inmediato, sin asegurar antes las condiciones estructurales del sistema político, no ayuda. Lo urgente no debe atropellar a lo importante. La comunidad internacional puede jugar un papel clave apoyando procesos de negociación, facilitando mecanismos de verificación, ofreciendo garantías y, sobre todo, respetando el ritmo que la propia sociedad venezolana defina para su transición.
Erradicar al chavismo, como muchos afirman, no significa borrar a las personas o a sus ideas del mapa político, sino transformar las bases institucionales que hicieron posible la concentración del poder, la falta de alternancia y la erosión de las libertades. Y esa transformación no se logra de un día para otro. Requiere estrategia, paciencia, y sobre todo, claridad.
La obsesión por el quién debe ceder paso a la pregunta fundamental: ¿cómo y con qué herramientas vamos a gobernar? Porque sin instituciones confiables, ningún liderazgo, por carismático o valiente que sea, podrá sostener el cambio que Venezuela necesita.
Si de verdad queremos ver florecer una democracia sólida en el país, empecemos por exigir algo más profundo que un cambio de nombres: exijamos un cambio de reglas, de estructuras y de cultura política. Solo así, cuando llegue el momento de gobernar, se podrá gobernar bien.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
Gobernar Venezuela bien empieza por crear las condiciones para gobernar. Por: Helios Ruíz En política, los símbolos importan. Pero gobernar no se hace con símbolos: se hace con instituciones. Es por eso que, cuando se habla de una transición democrática en Venezuela, la prioridad no debe ser quién asume el poder, sino en qué condiciones lo asume. Porque de nada sirve nombrar a un nuevo presidente o presidenta si las estructuras que sostienen el Estado siguen intactas y respondiendo a los intereses del régimen anterior. Hoy muchos en América Latina…










