Gobernar la opinión
Por: Alberto Rivera
Durante mucho tiempo se creyó que el poder se sostenía en la fuerza, en la ley o en la capacidad de imponer decisiones. Sin embargo, la historia —y la experiencia política cotidiana— demuestra algo distinto: ningún poder perdura sin opinión. Incluso el más autoritario de los regímenes depende, en última instancia, de una percepción compartida que lo tolere, lo justifique o lo normalice.
Gobernar no es solo mandar. Es lograr que una mayoría crea que quien manda tiene derecho a hacerlo. Esa creencia no surge sola: se construye, se ordena y se administra.
La opinión es el terreno donde el poder se vuelve legítimo o se erosiona.
Por eso, el primer paso de cualquier proyecto político serio no es hablar, sino entender. Comprender el contexto, los miedos, las tensiones y los intereses que rodean a una sociedad. Antes de intentar convencer, hay que saber desde dónde se intenta convencer.
Después viene algo igual de decisivo: medir la percepción. No lo que el actor político cree que proyecta, sino lo que realmente se percibe. La imagen pública no es estética ni marketing; es una percepción compartida. Es lo que se repite cuando el nombre aparece, lo que se siente antes de que se razone.
Pero la opinión no vive en lo abstracto. Vive en territorios concretos, en comunidades específicas, en grupos que no sienten ni piensan igual. Lo que funciona en un espacio puede fracasar en otro. Por eso, gobernar la opinión implica localizarla, entender dónde se concentra la aceptación, dónde hay desgaste y dónde existe oportunidad. La política se gana en los lugares y grupos donde el respaldo resulta determinante.
Aun así, ninguna estrategia es eficaz si ignora la emoción. Las personas no obedecen solo por cálculo; obedecen porque interpretan el poder como necesario, legítimo o inevitable. Esa interpretación es emocional antes que racional. Leer el ánimo social es entender cuándo la sociedad está abierta, cansada, enojada o esperanzada. Y actuar en consecuencia.
Luego viene el trabajo más delicado: ordenar los sentidos. No se trata de manipular en el sentido vulgar del término, sino en su significado original: trabajar el significado con las manos. Elegir palabras, jerarquizar mensajes, construir coherencia entre lo que se dice, lo que se hace y lo que se simboliza. La narrativa no inventa la realidad; la organiza.
Finalmente, todo se prueba en la acción. La opinión se valida —o se rompe— en los actos visibles, en la presencia, en la consistencia. No hay imagen que sobreviva a la incoherencia prolongada. El poder que no se confirma en la práctica termina dependiendo de la imposición, y la imposición siempre es costosa y frágil.
En síntesis, la opinión no acompaña al poder: lo funda. Quien gobierna la percepción reduce el costo de gobernar la realidad. Quien la ignora, termina enfrentándose a ella. Porque al final, la política no es solo el arte de decidir, sino el arte de lograr que esas decisiones sean aceptadas.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
Gobernar la opinión Por: Alberto Rivera Durante mucho tiempo se creyó que el poder se sostenía en la fuerza, en la ley o en la capacidad de imponer decisiones. Sin embargo, la historia —y la experiencia política cotidiana— demuestra algo distinto: ningún poder perdura sin opinión. Incluso el más autoritario de los regímenes depende, en última instancia, de una percepción compartida que lo tolere, lo justifique o lo normalice. Gobernar no es solo mandar. Es lograr que una mayoría crea que quien manda tiene derecho a hacerlo. Esa creencia no…












