La levadura de la memoria: Por qué la verdadera Costa Rica no es un algoritmo

Por Elliot Coen

El sonido ensordecedor de los cláxones y el eco de los vítores que inundaron una calle de Rohrmoser en octubre de 1987 no celebraban únicamente un galardón internacional. No era solo el júbilo por el Premio Nobel de la Paz otorgado a don Oscar Arias Sánchez; era el síntoma de un país que se reconocía a sí mismo en el espejo de la grandeza moral. Yo estuve ahí. Caminé por esa acera, respirando el orgullo eléctrico de una nación pequeña que entendía, sin asomo de duda, que el triunfo de un «tico» era el triunfo absoluto de toda la colectividad.

Recientemente, al hojear Páginas de mi memoria, las memorias del expresidente, experimenté un inevitable y sacudidor viaje introspectivo. Comprendí que sus líneas no pertenecen exclusivamente al registro de una vida pública; son la cartografía emocional de una generación entera. Son, en esencia, las páginas de mi propia memoria y la de miles de hijos de la Revolución del 49 que tuvimos la fortuna de crecer bajo el amparo de la Segunda República con un estado mental que hoy parece extinguido: la esperanza inquebrantable.

Nací apenas diez años después de fundado ese nuevo orden social y me beneficié directamente de su audacia institucional. Tuve el privilegio de formarme en una educación primaria pública de primer orden, un espacio bendecido por una diversidad socioeconómica maravillosa. En aquellas aulas de mi infancia no existían los algoritmos de segmentación ni las burbujas de filtro digital que hoy atomizan la sociedad; lo que había eran rostros de carne y hueso, historias compartidas y una profunda solidaridad humana que operaba como nuestra levadura diaria.


Creíamos con vehemencia en nosotros mismos, en la solidez de nuestras instituciones y en un modelo de desarrollo que desafiaba las leyes de la gravedad de una Centroamérica devastada por la metralla y la intolerancia.


Revivir esos años a través de la lectura es repasar una partitura de mística nacional y alta estrategia. Es evocar la primera campaña política de don Oscar, desbordante de una alegría contagiosa que movilizaba las almas; los complejos y agónicos altos y bajos del Plan de Paz de Esquipulas; o la genialidad pragmática de la renegociación de la deuda externa para ejecutar su canje por recursos destinados a la conservación de nuestra privilegiada naturaleza.


Mi memoria se detiene con nitidez fotográfica en la Cumbre Hemisférica de Jefes de Estado de 1989. Yo también estuve allí, de pie en el Paseo Colón, viendo desfilar a los mandatarios más poderosos del continente hacia esa joya arquitectónica y cultural que es nuestro Teatro Nacional. Aquellos líderes no marchaban custodiados por tanques de guerra ni por falanges pretorianas, sino arropados por la pacífica tranquilidad de una ciudadanía que los observaba con respetuosa curiosidad. En esa cena el presidente Sanginety de Uruguay nos hizo, a todos los ticos y ticas, un regalo enorme: “Donde haya un costarricense, este donde este, hay libertad”.


Esa oración revelaba una verdad fundamental que la modernidad líquida pretende borrar: para los costarricenses, la paz nunca ha sido la simple y fría ausencia de fusiles.


La paz en Costa Rica es un estado espiritual, la materia prima invisible que da sentido al «Pura Vida». Es una fuerza que se manifiesta en lo micro, en el tejido conectivo de nuestra cotidianidad más pura: en el impulso espontáneo de detener el carro para auxiliar a un extraño con una llanta estallada en media calle, o en el acto casi sagrado de ceder el asiento a un adulto mayor en el autobús.


El Premio Nobel de la Paz de 1987 no fue un milagro caído del cielo ni una carambola del destino; fue la cereza de un pastel institucional y ético que se venía cocinando a fuego lento desde 1949. Fue la validación mundial de una sociedad que, deliberadamente, decidió abolir su ejército para liberar recursos y apostar por el bienestar y la educación de la mayoría.


Ese bienestar no flotaba en el vacío ideológico; tenía una doctrina clara y un motor político. Don Oscar define la socialdemocracia no como un dogma rígido ni como una pieza de museo, sino “como un modelo de centro-izquierda pragmático, moderno y dinámico que rechaza de plano la falsa dicotomía entre el crecimiento económico y la equidad social”. Es una visión que integra las virtudes del libre mercado y la apertura al mundo con una estricta y responsable disciplina macroeconómica. ¿El objetivo último? Blindar de manera prioritaria a los sectores más vulnerables de la población contra los monstruos devastadores de la inflación y la inestabilidad.


Hoy, cuando expreso abiertamente en diversos foros que el Partido Liberación Nacional (PLN) ha extraviado esa identidad socialdemócrata y ha dejado desamparadas sus raíces, suelo recibir duras y amargas críticas de algunos correligionarios. Sin embargo, la lectura minuciosa de este libro solo ha reafirmado mi convicción y mi dolor. El extravío ideológico de la agrupación es evidente y su divorcio con las aspiraciones populares, flagrante.


Si soy rigurosamente honesto conmigo mismo y me pregunto al espejo si me levanto todas las mañanas con la alegría, la certeza y la esperanza de aquellos días de la Segunda República, la respuesta es un rotundo y doloroso no. Costa Rica ha perdido el rumbo. Hemos caído en un peligroso letargo social, en una crispación estéril y en una polarización sistemática que erosiona implacablemente nuestra convivencia. Es culpa de todos, no de unos pocos. Es urgente que reconozcamos los errores y abusos del pasado.


Estamos viviendo en la era del «electorado sintético» y el «campo de batalla digital». Las redes sociales y los laboratorios de comunicación política metabolizan el odio, el miedo y el resentimiento para transformarlos en clics, interacciones y capital electoral de corto plazo. En este ecosistema hiperconectado pero profundamente deshumanizado, corremos el riesgo inminente de olvidar que gobernar es, ante todo, comunicar para unir; es tejer puentes, no dinamitarlos. La política contemporánea ha caído en la trampa burda de la confrontación directa, el insulto y la descalificación inútil. Se nos quiere programar algorítmicamente para ver al compatriota, al vecino de barrio, como un enemigo irreconciliable, sustituyendo la empatía comunitaria por el frío y calculador diseño de un post viral.


Quienes reducen la gestión pública a un simple despliegue de tecnocracia fría, eficiencia gerencial o marketing digital cometen un error estratégico trágico. Olvidan la máxima fundamental de la política real: ¡Son las personas, siempre! El núcleo del argumento deben ser las almas y los proyectos de vida de los ciudadanos. Ninguna inteligencia artificial, por más sofisticada, predictiva o veloz que sea, podrá emular jamás el milagro del tejido social que se construye cuando un aula pública de una escuela rural o urbana mezcla al hijo del profesional con el hijo del agricultor en condiciones de igualdad.


Habrá quienes argumenten, desde el cinismo o el pragmatismo tecnocrático, que apelar a estos conceptos es una muestra de nostalgia paralizante e ingenua; que la Costa Rica del siglo XXI no puede regirse por los parámetros de un mundo que cambió radicalmente tras el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 —un evento geopolítico que, en lo personal, transformó el panorama global y truncó de golpe una oportunidad de negocio en la que yo mismo había incursionado con éxito durante una década gracias a la apertura y la paz que el Nobel nos otorgó: el turismo receptivo.


Es cierto que el mundo cambia, que la tecnología avanza a pasos agigantados y que las crisis externas siempre golpearán con fuerza nuestras fronteras. Pero confundir la modernización tecnológica con la renuncia a nuestros valores fundacionales es el camino directo al suicidio nacional. La eficiencia sin alma es solo una autopista pavimentada hacia la decadencia colectiva.


Sé con absoluta certeza que Costa Rica puede volver a brillar con luz propia en el concierto de las naciones, pero debemos comprender que la paz social no es el resultado colateral del crecimiento económico; es el requisito indispensable, previo e innegociable para que este ocurra de manera sostenible. Requiero y exijo la paz integral: la paz y el respeto mutuo entre ticos y ticas, la paz con nuestra milagrosa y exuberante naturaleza, y la paz que se traduce en una robusta seguridad humana.


Esa paz multidimensional es la única que puede garantizar la sostenibilidad de un sistema de seguridad social y de salud pública solidario, una pensión digna que rescate de la miseria a nuestros adultos mayores en el invierno de sus vidas, y la tranquilidad invaluable de una madre que sabe que sus hijos recibirán una educación pública de primer orden. Una educación que no los condene a la precariedad laboral, sino que les asegure un empleo de alta calidad o las herramientas cognitivas y éticas para emprender con éxito en la vertiginosa era digital.


Gobernar es comunicar certezas y sembrar horizontes compartidos, no vientos de división ni tempestades de odio. Por encima de cualquier disputa estéril, de cualquier métrica de red social o de la libertad de un algoritmo, se erige inamovible la dignidad humana. Gracias, don Oscar, por este viaje literario que nos sacude la apatía del pecho y nos obliga a mirar de frente a una Costa Rica que nos ha dado tanto. Su libro es el espejo de nuestra grandeza pasada y, al mismo tiempo, el recordatorio urgente de que nuestra mayor deuda actual no es financiera ni macroeconómica, sino profundamente ética. Nos corresponde a nosotros, los hijos de la esperanza, volver a aplicar la levadura de la solidaridad en cada rincón de la patria y devolverle a las nuevas generaciones el derecho sagrado de vivir, trabajar, crecer y volver a soñar con el futuro.

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