Cómo no dar cringe en redes si eres político

Por: Jerry Jaúregui


A ver, seamos honestos por un segundo. Nadie —absolutamente nadie— abre TikTok o Instagram a las 11:30 p.m., cansado después de un día pesado, pensando: “Uff, ojalá me salga un video de tres minutos de un candidato leyéndome el artículo 45 de su plan de infraestructura”. Spoilers: eso no pasa jamás. En un entorno digital saturado donde los políticos compiten por atención contra memes de gatitos, chismes de creadores de contenido y algoritmos implacables, la atención es el activo más escaso de la galaxia.


El algoritmo huele la desesperación (y la falsedad)

El panorama digital actual está hipercompetido. Se publica el doble de contenido que hace un par de años y el alcance orgánico cayó por un barranco. ¿Traducción? La gente desarrolló un detector de mentiras nivel experto. Si pones a un político a fingir que escucha “al pueblo” en un mercado con música de orquesta épica de fondo, o a intentar un trend de baile con la gracia de un refrigerador descompuesto, no va a ganar simpatía; va a ganar un lugar de honor en la compilación de cringe del año.


Las audiencias están empalagadas de la perfección artificial, de los filtros excesivos y de los discursos rígidos empaquetados por asesores de la vieja escuela. En una época donde la inteligencia artificial genera textos e imágenes impecables en tres segundos, la perfección dejó de ser impresionante. Hoy lo que cotiza al alza es todo lo contrario: la autenticidad, la voz propia y la humanidad sin tanto filtro.


¿Qué hay que “vender” entonces? A la persona, no al folleto

El secreto mejor guardado del marketing político moderno es ridículamente simple: la gente le compra a las personas. Antes de que a un ciudadano le importe si el candidato va a pavimentar su calle o a reformar la ley fiscal, necesita saber quién es cuando no tiene un micrófono enfrente.


Para ganar simpatía real en redes, no se “vende” el programa de gobierno; se vende una marca personal accesible, coherente y empática:
• Cotidianidad sin libreto: La playlist de Spotify que escucha en la carretera, el café que se le cayó en la camisa antes de dar un discurso, o el caos detrás de cámaras. Esos pequeños fragmentos de vida real desarman al espectador y construyen afinidad previa.
• Storytelling con cara humana: De nada sirve decir que se van a invertir millones en el sistema de salud. Funciona mil veces mejor contar la historia de una persona real que lleva tres meses esperando una cita y cómo eso refleja una falla que debe resolverse. La empatía y la indignación mueven a la gente mucho más que una tabla de Excel.
• Vulnerabilidad controlada: Un candidato que jamás se equivoca, jamás duda y todo lo sabe, suena a mentira. Reconocer un error o mostrar que un proyecto costó trabajo transmite una madurez que la gente valora.

El peligro de cruzar la línea: Del entretenimiento al ridículo El peligro de cruzar la línea: Del entretenimiento al ridículo 

Ojo aquí, porque hay un abismo entre usar el entretenimiento a tu favor y convertirte en el chiste del municipio. Apoyarse en audios virales, memes o canciones pegajosas es un gran anzuelo para conectar con audiencias jóvenes o despolitizadas. Pero si la cuenta del candidato se convierte en un catálogo de payasadas sin sustancia, la percepción pública cambiará rápidamente: pasarán de verlo simpático a considerarlo incapaz de gobernar. El chiste abre la puerta; la seriedad y el carácter son los que hacen que la gente se quede.


Primero enamora, luego propone
En etapas previas a las campañas abiertas, empujar propuestas duras es la receta perfecta para que el usuario haga swipe instantáneo. La regla no escrita es balancear el contenido: 80% humanización y 20% visión de futuro. Primero conecta, cae bien y genera confianza. Ya cuando arranque la contienda electoral con todo, se ajusta la fórmula para mostrar más propuestas y madera de líder. Si la primera fase se hizo bien, la gente escuchará las propuestas con una predisposición infinitamente mayor.


Conclusión
Hay que dejar de hablarle a la ciudadanía como si fuera una asamblea legislativa. En redes sociales, el político que gana simpatía no es el que habla más técnico ni el de la corbata más cara, sino el que logra demostrar que, detrás de la candidatura, hay un ser humano de verdad.

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