Claudia Sheinbaum… De la confianza al merecimiento
Por: Alberto Rivera
Todo poder tiene dos momentos. El primero ocurre cuando conquista la confianza de la sociedad. El segundo, cuando debe demostrar que la merece.
Claudia Sheinbaum ha entrado en ese segundo momento. Gobierna desde una posición de fortaleza política. Sus niveles de aprobación continúan entre los más altos de América Latina y superan los registrados por otros presidentes mexicanos en etapas equivalentes de su gobierno.
El poder comienza a medirse con una vara distinta. La legitimidad del voto se complementa con la de los resultados. Los ciudadanos observan la capacidad de gobernar, la conducción de la economía y la respuesta a los desafíos públicos. Cada decisión empieza a formar parte del balance que acompaña a todo liderazgo en ejercicio.
La economía adquiere mayor peso en la evaluación ciudadana. Los gobiernos estatales de Morena empiezan a trasladar los costos políticos al movimiento. La oposición intensifica la disputa narrativa. El calendario electoral acerca el horizonte de 2027.
El poder entra en una etapa distinta. La expectativa empieza a ceder ante la evaluación. La esperanza comienza a ser sustituida por los resultados. Y es precisamente en esa transición donde se define la fortaleza real de un liderazgo político.
Desde la teoría política, esto puede entenderse como el paso de la legitimidad de origen a la de desempeño. Sheinbaum llegó al poder respaldada por la continuidad del proyecto obradorista, pero ahora empieza a ser evaluada por sus propios resultados. La mesa lo expresa con claridad: su imagen personal sigue siendo superior a la del gobierno y a la de Morena. Esto significa que existe una separación entre el liderazgo, la administración y el partido.
La presidenta todavía representa honestidad, estabilidad y continuidad. Sin embargo, Morena, como partido, enfrenta mayores riesgos locales porque carga con gobiernos estatales, alcaldías, conflictos internos, escándalos regionales y desgaste territorial. En términos estratégicos: Sheinbaum es el activo; Morena es la estructura; los gobiernos locales son el riesgo.
Un elemento clave es que la oposición no ha logrado convertir los escándalos en un daño electoral. Su narrativa de “narcogobierno” o de corrupción no conecta lo suficiente con la vida cotidiana del ciudadano. El elector no procesa la política solo desde la indignación moral, sino desde una pregunta básica: ¿qué gano yo o qué pierdo yo? Esa lógica confirma una perspectiva racional-emocional del voto: la gente evalúa beneficios concretos, la seguridad económica, los programas sociales, la estabilidad, la identidad y la expectativa de futuro.
Por eso, el golpe más delicado para Morena no sería necesariamente un escándalo mediático, sino la pérdida de la expectativa de obtener beneficios. Mientras los programas sociales sigan llegando, mientras la presidenta conserve la imagen de honestidad y mientras no exista una alternativa opositora creíble, el oficialismo mantiene una ventaja estructural.
La variable más peligrosa es la economía. Las casas encuestadoras serias coinciden en que la inseguridad, el narcotráfico o la corrupción no han perforado todavía el núcleo de la aprobación presidencial. En cambio, la inflación, el bajo crecimiento, la incertidumbre respecto de Estados Unidos, la inversión detenida o el deterioro del ingreso sí pueden alterar la percepción ciudadana. La economía tiene una cualidad superior: se siente antes de entenderse. La deuda puede ser abstracta; el precio del tomate, la gasolina, la renta o la medicina no lo es.
El discurso sobre la injerencia extranjera abre una nueva dimensión estratégica. Puede activar un efecto de cierre nacionalista, conocido en ciencia política como rally around the flag: ante una amenaza externa, parte de la ciudadanía tiende a cerrar filas con el liderazgo nacional. Estudios recientes sobre este fenómeno señalan que el líder puede encarnar la unidad nacional ante una amenaza externa. Además, encuestas recientes muestran que en México existe respaldo a la cooperación con Estados Unidos, pero un mayor rechazo a la presencia de agentes extranjeros en el territorio nacional.
Ahí está la apuesta presidencial: convertir una tensión externa en cohesión interna. Sin embargo, esa estrategia tiene un límite. Si fortalece la percepción de soberanía, puede elevar el respaldo político; si afecta la inversión, el crecimiento o la relación comercial, puede generar un costo económico. Por eso el nacionalismo funciona como narrativa, pero la economía termina funcionando como realidad.
Rumbo a 2027, el examen no dependerá únicamente de si Morena gana. El verdadero indicador será qué gana, qué pierde y contra qué expectativa se mide. En 2027 habrá 17 gubernaturas en disputa, lo que convierte esa elección en una prueba de medio sexenio con enorme valor simbólico y territorial. La pregunta estratégica no será “¿Morena sigue siendo la primera fuerza?”, sino: ¿conserva hegemonía, administra el desgaste o empieza una pérdida territorial significativa?
La oposición, por su parte, enfrenta un problema de capital político. No basta con denunciar. Necesita candidatos, voceros, una narrativa homogénea y una oferta concreta de beneficios. Mientras polarice desde una minoría social, fortalece al bloque mayoritario. La polarización favorece a quien tiene más identidad, más estructura y más base emocional.
En conclusión: Sheinbaum conserva fortaleza personal, Morena mantiene ventaja estructural, pero el ciclo político ya entró en una etapa en la que la economía, los candidatos locales y la elección de 2027 definirán si el oficialismo administra la continuidad o empieza a enfrentar un desgaste real.
Toda hegemonía política necesita una narrativa capaz de conectar con las aspiraciones de la sociedad. Morena ha logrado construirla en torno a tres conceptos poderosos: honestidad, bienestar y futuro. Millones de ciudadanos han incorporado una idea simple pero políticamente eficaz: la honestidad genera bienestar y el bienestar construye futuro. Esa percepción sostiene una parte importante de su legitimidad política, explica buena parte de su fortaleza actual y seguirá influyendo en la competencia electoral rumbo a 2027.


