América Latina en el umbral de la violencia: crimen organizado, migración forzada y el fracaso del péndulo político
Por: Ivanna Torrico
Al cerrar este año 2025, la mirada sobre América Latina no puede ser otra que la de una profunda preocupación, pues el análisis de sus desafíos de seguridad y política revela un cuadro alarmante donde se entrelazan de forma casi indisoluble el narcotráfico, la corrupción sistémica y unas crisis institucionales que parecen alimentarse de los propios ciclos electorales. No estamos ante cifras aisladas; lo que vemos es una metástasis de la violencia que ha posicionado a varios países de la región entre los más peligrosos del mundo. Esta realidad no se mide solo en tasas de homicidios, sino en esa percepción generalizada de desamparo que siente el ciudadano de a pie, quien percibe al Estado no como un protector, sino como una estructura débil, a veces cómplice y a menudo incapaz de garantizar el derecho más básico: la vida. Según los datos más recientes del índice de criminalidad global en portales como numbeo.com, naciones como Venezuela, Brasil y Ecuador muestran índices de inseguridad que superan con creces el promedio mundial, con Venezuela ocupando de manera trágica y consistente los primeros puestos del ranking de peligrosidad global, Bolivia ocupa el puesto 52.
La situación venezolana se ha consolidado como el núcleo crítico de este panorama regional. Para este 2025, el país figura en el epicentro de la criminalidad mundial, arrastrando problemas sistémicos de violencia y una corrupción arraigada hasta la médula de las estructuras estatales, lo que sumado al colapso de los servicios básicos, ha generado una crisis social sin precedentes. Este escenario ha provocado una de las crisis migratorias más grandes de la historia reciente: cerca de 7,9 millones de venezolanos han abandonado su patria hasta el día de hoy, una cifra que representa más del 20 % de su población total. Estas personas no solo huyen de la falta de oportunidades económicas, sino de una crisis humanitaria persistente que los expulsa hacia lo desconocido. En este vacío de poder y ley, han emergido estructuras criminales que ya no reconocen fronteras. El Tren de Aragua, que comenzó como una banda carcelaria local, se ha transformado en una red transnacional dedicada al tráfico de drogas, la extorsión y la trata de personas, con tentáculos que llegan hasta Europa y Estados Unidos. Esta expansión no es solo un fracaso de la seguridad interna venezolana, sino que alimenta narrativas políticas polarizadas en todo el continente, donde los gobiernos de turno y las oposiciones se lanzan acusaciones cruzadas sobre vínculos con el crimen organizado, perdiendo de vista la urgencia de la cooperación real.
Por otro lado, el papel de México en este contexto sigue siendo paradigmático y doloroso. La violencia vinculada a cárteles como el de Sinaloa y el de Jalisco Nueva Generación ha convertido al país en uno de los epicentros del crimen organizado a nivel planetario. Con ciudades que figuran repetidamente entre las más violentas del mundo, México enfrenta un desafío a su propia soberanía estatal, donde grupos criminales ejercen un control territorial que pone en jaque a las autoridades locales. Las respuestas de política pública han sido un péndulo inestable entre la represión directa y los enfoques de desarrollo social, sin que hasta ahora se haya encontrado una senda eficaz. Mientras tanto, Brasil, aunque ha intentado reducir ciertas estadísticas de violencia, sigue lidiando con el poder estructural de grupos como el Primer Comando de la Capital (PCC) y el Comando Vermelho, organizaciones que han logrado infiltrarse en las economías locales de zonas urbanas y rurales por igual. En Brasil, la violencia organizada se entrelaza con problemas socioeconómicos profundos, donde las disputas entre facciones tienen un impacto directo en el discurso político y en cómo la población percibe su propia seguridad.
Ecuador, por su parte, vive una realidad que hace apenas unos años parecía impensable: niveles de violencia interna que han provocado desplazamientos masivos, situándolo como uno de los países con más desplazados internos por violencia criminal en la región. Bolivia, aunque con índices ligeramente menores, no escapa a los retos de los centros urbanos vinculados al narcotráfico y a las redes regionales de contrabando. Todo este contexto de inseguridad tiene un efecto corrosivo en la vida política. En países como Chile, la preocupación por la seguridad ha escalado hasta convertirse en el tema central de las encuestas preelectorales. Los votantes, agotados por la incertidumbre, demandan políticas de orden y justicia eficaz, lo que ha generado un péndulo político donde la sociedad alterna entre opciones autoritarias o intervencionistas y propuestas reformistas que, a menudo, no logran dar respuestas satisfactorias a las necesidades de empleo y dignidad de la gente.
Para los migrantes, la travesía es un calvario de múltiples dimensiones. Al salir de contextos como el venezolano, se exponen a redes de tráfico humano, a la xenofobia en los países de destino y a una vulnerabilidad constante frente a políticas migratorias cada vez más restrictivas. El fenómeno migratorio se ha convertido en el eje de la política regional, presionando los sistemas de salud y educación de los países receptores, y obligando a una recalibración del perfil de los políticos que aspiran al poder. Hoy se requiere un liderazgo que combine la firmeza en el orden público con una visión integral del desarrollo social, reconociendo que el crimen nace de la desigualdad y la exclusión. La comunicación política debe ser honesta y basada en datos, alejándose de las soluciones simplistas que solo buscan capitalizar el miedo ciudadano.
Sin embargo, si nos detenemos a reflexionar sobre el futuro que le espera a América Latina, debemos entender que la violencia no es una característica intrínseca de nuestra cultura, sino el resultado de un fallo multiorgánico en la construcción de nuestros Estados. Hemos permitido que la ilegalidad se convierta, en muchos casos, en la única vía de ascenso social para miles de jóvenes que no ven en la educación o en el empleo formal una salida real. Esta “cultura del atajo” es la que alimenta las filas del crimen organizado y la que permite que la corrupción sea vista, cínicamente, como un mal necesario para que las cosas funcionen. La reflexión que debemos hacernos como sociedad es hasta qué punto estamos dispuestos a normalizar el horror. No podemos permitir que la noticia de una masacre o de un nuevo cargamento de droga decomisado sea simplemente ruido de fondo en nuestra vida cotidiana.
La verdadera soberanía de una nación no se mide solo por el control de sus fronteras, sino por la capacidad de sus ciudadanos de caminar por la calle sin sentir que su vida pende de un hilo. El gran desafío de esta década es recuperar el espacio público para la gente, arrebatándoselo a quienes usan la violencia como herramienta de control. Esto no se logra solo con más armas o cárceles más grandes, aunque la justicia deba ser implacable. Se logra reconstruyendo el tejido social desde los barrios más olvidados, donde hoy el narco hace las veces de estado benefactor, entregando bolsas de comida o pagando medicinas que el sistema de salud oficial no provee. Es en esa ausencia del Estado donde el crimen siembra su lealtad, y es allí donde debemos dar la batalla más importante.
Además, es imperativo que América Latina deje de verse como un conjunto de islas y empiece a actuar como un bloque sólido. El crimen transnacional no respeta soberanías, pero nuestras policías y sistemas judiciales a menudo se ven frenados por la burocracia y la falta de confianza mutua entre gobiernos. Si el Tren de Aragua puede operar en cinco países simultáneamente, nuestras instituciones deben ser capaces de colaborar con la misma agilidad. La inteligencia compartida y la armonización de leyes contra el lavado de dinero son pasos urgentes que no pueden esperar a que pase otro ciclo electoral. No habrá paz en Santiago, Bogotá o Ciudad de México si no hay una estrategia común que asfixie financieramente a las organizaciones que hoy se burlan de nuestras fronteras.
Por otro lado, la crisis migratoria debe ser abordada desde la empatía y la pragmática, no desde el odio. El migrante no es el enemigo; es el síntoma de un sistema que ha fallado en su origen. Integrar a millones de personas es un desafío logístico enorme, pero también es una oportunidad de revitalizar nuestras economías y nuestras sociedades si se hace con orden y visión de largo plazo. La xenofobia solo sirve para empujar a los migrantes hacia los brazos del crimen organizado, cerrándoles las puertas de la legalidad y obligándolos a vivir en las sombras.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
América Latina en el umbral de la violencia: crimen organizado, migración forzada y el fracaso del péndulo político Por: Ivanna Torrico Al cerrar este año 2025, la mirada sobre América Latina no puede ser otra que la de una profunda preocupación, pues el análisis de sus desafíos de seguridad y política revela un cuadro alarmante donde se entrelazan de forma casi indisoluble el narcotráfico, la corrupción sistémica y unas crisis institucionales que parecen alimentarse de los propios ciclos electorales. No estamos ante cifras aisladas; lo que vemos es una metástasis…











