Muchos los llamados, pocos los escogidos
Por: Alberto Rivera
En política, querer ser candidato no significa estar preparado para competir, y mucho menos tener las condiciones para ganar una elección. Cada proceso electoral despierta aspiraciones, moviliza estructuras y genera expectativas. Sin embargo, cuando llega el momento de medir las posibilidades reales, muchos descubren que la percepción que tenían de su posicionamiento no necesariamente coincide con lo que piensa la ciudadanía.
Rumbo a las elecciones de 2027, Morena ha vuelto a colocar las encuestas en el centro de sus procesos de selección de candidaturas. Esto plantea una exigencia que muchos aspirantes parecen subestimar: conocer y comprender la metodología con la que serán evaluados. No basta con tener reconocimiento público, trayectoria política, respaldo de grupos internos o presencia territorial. Es indispensable entender qué se mide, cómo se mide y qué peso tiene cada indicador en el resultado final.
La controversia en Nuevo León, a partir de los cuestionamientos de Tatiana Clouthier sobre el proceso interno en el que participó Clara Luz Flores, ilustra esta situación. De acuerdo con la explicación pública del procedimiento, Morena utilizó una evaluación de diez puntos que consideraba variables como el conocimiento del aspirante, la honestidad percibida, la cercanía con la ciudadanía, la preferencia electoral y el saldo de opinión, entendido como la diferencia entre las valoraciones positivas y las negativas.
En esa evaluación, según lo expuesto públicamente, Clara Luz obtuvo un resultado menos favorable que Felipe de Jesús Cantú en el saldo de opinión, pero obtuvo mejores resultados en otros componentes. El ejemplo permite comprender que una persona puede presentar niveles elevados de rechazo y, aun así, obtener un resultado agregado favorable cuando la metodología incorpora diferentes variables y ponderaciones. El resultado depende de la integración de los indicadores establecidos y no necesariamente de aquel en el que un aspirante presenta su mayor fortaleza.
Aquí aparece uno de los errores más frecuentes entre los aspirantes: interpretar las encuestas de forma fragmentada. Ser conocido no significa ser aceptado; tener una opinión favorable no garantiza la intención de voto; contar con una estructura política tampoco implica necesariamente una preferencia ciudadana mayoritaria. Cada indicador mide una dimensión distinta y adquiere relevancia según el objetivo de la evaluación.
También es frecuente confundir el posicionamiento político con la competitividad electoral. El primero permite conocer qué lugar ocupa una persona en la percepción ciudadana, mientras que el segundo exige analizar su capacidad para obtener respaldo frente a determinados adversarios y escenarios de competencia. Un aspirante puede tener una imagen favorable y, sin embargo, registrar una intención de voto limitada. De igual manera, alguien con un nivel importante de conocimiento puede enfrentar dificultades para ampliar su aceptación entre sectores que mantienen opiniones negativas sobre su trayectoria.
Por ello, es indispensable distinguir entre una encuesta de posicionamiento, una medición de competitividad electoral y un instrumento de selección interna. Aunque pueden compartir preguntas, sus objetivos son diferentes. Un aspirante puede aparecer bien posicionado en una encuesta pública y aun así no obtener el mejor resultado en el proceso de su partido. También puede presentarse a una candidatura y enfrentar posteriormente una elección constitucional en condiciones completamente distintas.
Otro error recurrente es iniciar una aspiración sin contar con información suficiente. Muchos invierten recursos en promoción, realizan recorridos territoriales y fortalecen relaciones políticas sin contar con un diagnóstico previo de sus fortalezas, debilidades, niveles de aceptación y rechazo, y competitividad. Terminan conociendo su situación real cuando se realiza la encuesta definitiva y las posibilidades de corregir su posicionamiento son limitadas.
Una medición previa permite establecer un punto de partida, identificar segmentos de la población en los que existe mayor o menor reconocimiento y comprender los factores que influyen en la percepción ciudadana. También facilita observar la evolución del posicionamiento a lo largo del tiempo y distinguir entre cambios reales en la opinión pública y variaciones propias del levantamiento estadístico. Sin esta información, las decisiones suelen basarse en percepciones personales, opiniones del círculo cercano o interpretaciones parciales de la realidad política.
Conocer las reglas del procedimiento es tan importante como conocer el escenario electoral. Es legítimo cuestionar si los indicadores utilizados por Morena son suficientes o si deberían complementarse con otros criterios, como la experiencia política y el desempeño en cargos públicos. Sin embargo, discutir la pertinencia de una metodología es distinto a desconocer cómo funciona o cómo se integran sus resultados.
La calidad de una encuesta también depende de aspectos que con frecuencia pasan desapercibidos en la discusión política: el diseño de la muestra, la población objetivo, la recolección de la información, la formulación de las preguntas y los procedimientos de ponderación. Dos mediciones pueden presentar resultados diferentes porque responden a objetivos distintos o porque se realizaron en momentos y condiciones diferentes. Compararlas sin revisar sus características metodológicas puede conducir a conclusiones erróneas.
Rumbo a 2027, numerosos aspirantes buscarán candidaturas convencidos de que su trayectoria, su presencia territorial o su cercanía con las dirigencias representan ventajas suficientes. Pero las aspiraciones personales, las percepciones de sus equipos y la asistencia a sus eventos no sustituyen una medición rigurosa que permita conocer su posición ante la ciudadanía.
Muchos serán los llamados y pocos los escogidos. En cada proceso habrá quienes confundan sus aspiraciones con sus posibilidades reales, quienes sobreestimen su posicionamiento y quienes descubran demasiado tarde que desconocían las reglas de la competencia. La estrategia política comienza por conocer el escenario en el que se compite, comprender los mecanismos que determinan la selección y evaluar con objetividad las propias fortalezas y debilidades. Porque antes de preguntarse cómo ganar una candidatura, cualquier aspirante debería tener claro qué necesita para conseguirla.


