¿Por qué fracasan los gobiernos que prometen transformar América Latina? | Francisco Cruz
Por: Francisco Cruz Vela.
¿Por qué los gobiernos, que llegan al poder prometiendo la transformación social, pierden elecciones, debilitan sus coaliciones o reproducen prácticas contra las que lucharon? ¿Por qué, después de tantas alternancias entre izquierda y derecha, América Latina sigue teniendo desigualdad, inseguridad y desconfianza? Estas preguntas llevan a una pregunta más profunda: ¿algunos gobiernos están fallando o nuestra forma de ejercer el poder democrático está en crisis?
No hay una sola causa. La inflación, el estancamiento de la economía, la corrupción, la inseguridad, los conflictos internos, la presión internacional, los errores estratégicos y las cambiantes expectativas sociales explican (en diversas combinaciones) las dificultades de los proyectos progresistas. Tampoco debe confundirse la derrota electoral con el fracaso del gobierno ni la permanencia en el poder con el éxito de la transformación. Un proyecto puede perder elecciones y dejar logros duraderos; otro puede mantener mayorías sin resolver problemas estructurales.
En las primeras décadas de este siglo, varios partidos de izquierda llegaron al poder cuestionando la desigualdad y las consecuencias sociales del neoliberalismo. Algunos ampliaron derechos, fortalecieron políticas redistributivas e incorporaron sectores, históricamente excluidos, pero sus resultados fueron desiguales. La contradicción central ocurre cuando la fuerza política, que conquista el gobierno, descubre que no controla todas las condiciones económicas, institucionales y culturales necesarias para que la sociedad cambie.
Brasil muestra las tensiones entre inclusión social, alternancia y polarización. Bolivia tuvo una gran incorporación política indígena y popular, pero también conflictos internos y luchas por la sucesión de liderazgo; Chile mostró la brecha entre las expectativas de cambio y la construcción de acuerdos (la derrota presidencial del partido gobernante en 2025 fue otro paso). Ninguna experiencia puede explicarse únicamente por la ideología de sus gobernantes.
Las reformas sociales en Colombia chocan con la seguridad, la negociación legislativa y la gobernabilidad. Perú tiene una crisis institucional que va más allá de la división izquierda-derecha: la confrontación entre poderes ha impedido la continuidad del gobierno. Venezuela plantea preguntas particularmente serias sobre la concentración de poder, el pluralismo, las garantías electorales y los derechos ciudadanos. Son trayectorias diferentes (y precisamente por eso nos permiten distinguir entre conquistar el gobierno, ejercerlo y transformar las estructuras sociales).
México proporciona una perspectiva histórica indispensable. Desde las luchas ideológicas en el siglo XIX hasta el presidencialismo posrevolucionario, nuestra organización política ha alternado entre estabilidad, autoridad, representación y participación. El régimen que surgió de la Revolución institucionalizó la continuidad y la capacidad de intervención estatal, pero concentró decisiones y limitó la competencia democrática.
La alternancia del 2000 aumentó la competencia electoral, pero no resolvió automáticamente la desigualdad, la inseguridad o las debilidades del estado. La llegada de Morena al gobierno federal en 2018 y su continuidad electoral en 2024 abrió otra etapa con expectativas de cambio. ¿Qué importa no sólo cuánto apoyo tiene un proyecto, sino qué capacidades construye para que el mandato se convierta en resultados?
Los indicadores nos hacen evitar juicios absolutos. El INEGI estima que la pobreza multidimensional alcanzó al 29.6 % de la población mexicana en 2024 (una reducción), pero persisten problemas de seguridad, justicia, servicios públicos y capacidad administrativa. El progreso debe ser reconocido y los retrocesos examinados: estas no son posiciones contradictorias, son requisitos del análisis.
Aquí está la paradoja decisiva: las democracias pueden producir gobiernos electoralmente fuertes, pero no estados institucionalmente efectivos. Las mayorías permiten que se aprueben decisiones, pero no reemplazan las administraciones profesionales, la coordinación territorial, los controles democráticos o la evaluación de políticas públicas; tampoco basta con culpar a las instituciones heredadas: quienes gobiernan deciden cómo reformarlas, qué prioridades establecer y qué prácticas reproducir.
El problema afecta a toda la región. Latinobarómetro encontró en 2024 que el 52 % de los latinoamericanos prefería la democracia a cualquier otra forma de gobierno y sólo el 33 % estaba satisfecho con su funcionamiento. Esta brecha entre la legitimidad ideal y la experiencia cotidiana advierte de una fractura: las encuestas pueden renovar gobiernos, pero no pueden restaurar la confianza ciudadana por sí solas.
¿Hacia dónde se dirige entonces la democracia latinoamericana? No sólo reemplazar élites o recuperar el poder para una corriente política. Necesitamos una democracia funcional: una que articule legitimidad electoral, efectividad institucional, libertades, participación ciudadana, justicia social y políticas públicas sostenibles. No se trata de reemplazar la representación con la tecnocracia, sino de entender que la representación sin resultados genera frustración; la efectividad sin controles puede convertirse en arbitrariedad.
También requiere otra cultura política. Gobernar no puede ser el vencer al adversario para siempre o identificar al estado con un liderazgo. Las transformaciones duraderas necesitan acuerdos; instituciones que sobrevivan a los gobiernos; ciudadanos que demanden resultados sin renunciar al pluralismo. Quizás una contradicción de las izquierdas latinoamericanas es que el ejercicio del poder también transforma a quienes prometieron transformarlo.
La última pregunta tampoco pertenece a la izquierda: ¿qué pasa cuando las sociedades cambian de gobernantes, pero no encuentran suficientes respuestas a sus necesidades? El descontento puede viajar de los partidos a la democracia y alimentar ofertas de orden que limiten las libertades.
El desafío histórico es recuperar la capacidad democrática para mejorar la vida diaria sin sacrificar derechos. Porque el verdadero fracaso de la democracia no comienza cuando un partido pierde o un gobierno termina, comienza cuando los ciudadanos dejan de creer que, a través de ella, todavía, hay algo posible que construir para las generaciones que vienen después de ellos.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
¿Por qué fracasan los gobiernos que prometen transformar América Latina? | Francisco Cruz Por: Francisco Cruz Vela. ¿Por qué los gobiernos, que llegan al poder prometiendo la transformación social, pierden elecciones, debilitan sus coaliciones o reproducen prácticas contra las que lucharon? ¿Por qué, después de tantas alternancias entre izquierda y derecha, América Latina sigue teniendo desigualdad, inseguridad y desconfianza? Estas preguntas llevan a una pregunta más profunda: ¿algunos gobiernos están fallando o nuestra forma de ejercer el poder democrático está en crisis? No hay una sola causa. La inflación, el…










