La trampa del mensajero: por qué la democracia no se salva culpando al algoritmo de la ultraderecha | Elliot Coen
Por: Elliot Coen
Es fascinante la comodidad con la que las élites políticas desposeídas construyen sus propias explicaciones del fracaso. Resulta casi seductor atribuir el avance ininterrumpido de las ultraderechas latinoamericanas a la magia negra de un puñado de estrategas digitales, a las “barbaridades” o fake news de Fernando Cerimedo, a la fría microsegmentación de Danny Quirós o a la proliferación subterránea de granjas de bots impulsadas por inteligencia artificial.
Diagnosticar que la ciudadanía ha sido “manipulada” por un ejército de cuentas automatizadas en La Derecha Diario o redes cerradas ofrece un alivio inmediato: exime a la oposición tradicional de cualquier autocrítica y transforma una derrota de representatividad en un simple problema de ciberseguridad.
Pero esta narrativa no solo es falsa; es estratégicamente suicida.
La extrema derecha no está ganando en América Latina porque sus consultores hayan descubierto el algoritmo de la piedra filosofal. Gana porque ha sabido leer la grieta fundamental de nuestra época: la desolación de millones de personas para quienes el sistema democrático tradicional dejó de ser una promesa de futuro y se convirtió en una abstracción inútil. Centrar el debate en el mensajero —en el estratega de turno o en la mentira del día— revela una disonancia cognitiva profunda. Mientras la oposición hace control de daños reputacionales, el votante real está buscando respuesta a preguntas mucho más primarias: quién me cuida de la extorsión en la esquina de mi barrio y cómo llego con comida a fin de mes.
Si de verdad pretendemos detener la deriva autocrática y proteger la división de poderes frente a liderazgos que anhelan gobernar sin pesos ni contrapesos, la primera obligación de los consultores, comunicadores, analistas y público en general, es mirar de frente las seis grietas estructurales que nutren este fenómeno:
- La mímica del bienestar y la fatiga económica: El estancamiento prolongado, la precarización y la inflación han pulverizado el contrato social. Para el trabajador informal o el repartidor de plataformas, el Estado no es un garante de justicia, sino una “mímica estatal” ineficiente que extrae impuestos pero retribuye desamparo. La retórica del esfuerzo individual y el “mejorismo” cala hondo donde el colectivismo ha fracasado en lo material.
- El colapso de la seguridad y el hambre de orden: La expansión impune del crimen organizado quebró la tranquilidad cotidiana en toda la región. Ante el miedo violento, el reclamo de “mano dura” y los modelos punitivos de megacárceles dejan de verse como excesos autoritarios y pasan a desearse como refugios de vida. La ciudadanía castigada prefiere suspender garantías individuales antes que seguir viviendo en la intemperie.
- La polarización afectiva y la antipolítica: El discurso radical no promete eficiencias tecnocráticas; divide el mundo entre un “pueblo virtuoso” y una “élite o casta corrupta”. Esta simplificación maniquea despierta emociones viscerales de indignación que borran cualquier matiz. El adversario ya no es un competidor legítimo, sino un enemigo existencial al que hay que neutralizar.
- La reacción cultural y la batalla de sensibilidades: Ante la velocidad de los cambios culturales e institucionales, amplios sectores perciben que sus códigos de fe, familia y costumbres están amenazados. La ultraderecha canaliza ese resentimiento contra la “agenda de género” o el “adoctrinamiento”, articulando una coalición defensiva con bases religiosas y conservadoras.
- La infraestructura digital de guerra psicológica: Sería ingenuo negar la eficacia de las redes transnacionales (como la CPAC o Atlas Network) y el uso táctico de algoritmos de desinformación defensiva y segmentación opaca. Sin embargo, la tecnología no crea el malestar; solo lo amplifica. El bot no engendra la rabia, solo le da una dirección y un vocabulario.
- El agotamiento de la institucionalidad tradicional: Los partidos históricos se canibalizaron en disputas de cúpula y blindaron privilegios, convirtiendo a la arquitectura republicana en un cascarón percibido como obstáculo para las soluciones reales. Cuando las normas procesales protegen la impunidad en lugar de al ciudadano, el elector desmantela alegremente los contrapesos.
Quienes nos oponemos a un ejercicio del poder absoluto no podemos responder a esta marea con sermones morales ni con litigios de fact-checking. Desmentir una información falsa es técnicamente necesario, pero políticamente insuficiente si no atendemos el dolor real sobre el que esa mentira germinó. Enfrentar la manipulación digital con infografías es ir a una guerra de narrativas armado con una regla de cálculo.
¿Qué debemos hacer, entonces, los estrategas, consultores y líderes comprometidos con la reconstrucción democrática?
En primer lugar, recuperar la centralidad de la dignidad humana. Hay que volver a la premisa básica de la política: “¡Son las personas, estúpido!”. No se puede construir una alternativa deseable desde el desprecio al votante del adversario. Llamar “alienado” o “fascista” a quien votó por desesperación económica o por miedo a que le maten a un hijo en un asalto solo profundiza la trinchera afectiva. Emocionar para ganar exige primero comprender para conmover.
En segundo lugar, ofrecer una narrativa republicana con dientes, efectividad y empatía. No se puede defender la división de poderes desde el inmovilismo. Si la democracia no demuestra que puede meter a los criminales a la cárcel dentro de la ley, la gente elegirá a quien prometa meterlos fuera de ella. Hay que arrebatarle a la ultraderecha el monopolio del orden y la justicia, demostrando que las instituciones democráticas pueden ser implacables contra el delito y la corrupción sin necesidad de destruir el Estado de derecho.
Finalmente, es urgente reconstruir el tejido social desde la base física, no solo digital. Las guerras digitales se ganan en el territorio de las certidumbres cotidianas. Necesitamos políticas que restauren la comunidad, que garanticen oportunidades y salarios con capacidad de compra real, barrios seguros y espacios públicos de encuentro donde la fraternidad no sea un slogan burocrático.
Dejemos de obsesionarnos con Cerimedo, con los consultores en la sombra y con los laboratorios de guerra sucia. Son solo los síntomas de una infección sistémica.
La discusión política del presente no se gana apagando los canales de la extrema derecha, sino encendiendo nuevamente la capacidad de la democracia para transformar vidas de carne y hueso. La verdadera batalla no es contra el mensajero; es por el alma de una sociedad que solo volverá a cuidar sus libertades cuando sienta que la libertad, de verdad, la cuida a ella.
Como consultores de esta nueva era, no podemos ignorar que la guerra de nuestro tiempo ya no se libra solo en las calles, sino en las arquitecturas invisibles de nuestro entorno digital. Las ultraderechas han comprendido que, en el campo de batalla digital, es mucho más rentable movilizar el miedo que construir la esperanza. Nos parcelan. Nos microsegmentan hasta convertirnos en un electorado sintético, diseñado para odiar al vecino.
Pero frente a la sombra del autoritarismo, que se erige fría y calculada en códigos binarios y algoritmos de desinformación, el dolor y la vulnerabilidad no entienden de niveles académicos, divisiones socioeconómicas, edades. Cuando el tejido social se desgarra, sangra el trabajador, la abuela de rasgos que no llega a fin de mes con su “pensioncita”, si la tiene, y el joven al que le robaron el futuro en un semáforo.
La amenaza autoritaria se alimenta de nuestra fragmentación. Por eso, la respuesta no puede ser una contracampaña de odio o un debate técnico sobre la libertad de expresión vacía. Por encima del ruido digital, está la dignidad humana. Nuestra única estrategia de supervivencia política —y moral— es volver a mirarnos a los ojos, abrazar nuestra diversidad y reconstruir la empatía.
Si dejamos que el algoritmo dicte quién es nuestro enemigo, terminaremos entregando nuestra libertad a los monstruos que nos prometen protegernos de nosotros mismos. Paremos las campañas de odio. No circulemos las de ellos y no hagamos las nuestras. No es por ahí que vamos a salvar nuestras democracias del avance del totalitarismo.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
La trampa del mensajero: por qué la democracia no se salva culpando al algoritmo de la ultraderecha | Elliot Coen Por: Elliot Coen Es fascinante la comodidad con la que las élites políticas desposeídas construyen sus propias explicaciones del fracaso. Resulta casi seductor atribuir el avance ininterrumpido de las ultraderechas latinoamericanas a la magia negra de un puñado de estrategas digitales, a las “barbaridades” o fake news de Fernando Cerimedo, a la fría microsegmentación de Danny Quirós o a la proliferación subterránea de granjas de bots impulsadas por inteligencia artificial.…










