México: seguridad, relato y responsabilidad en tiempos de alta tensión

Por: Helios Ruíz

La muerte de Nemesio Oseguera, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), abrió un nuevo capítulo en la compleja conversación sobre seguridad en México. Más allá del impacto operativo, el hecho detonó reacciones violentas, bloqueos de carreteras y ataques que pusieron a prueba no solo la capacidad de respuesta de las fuerzas del Estado, sino también la forma en que el gobierno comunica en medio de una crisis que genera miedo real en la población.

Cuando un objetivo de alto perfil cae, el Estado enfrenta un doble frente. Por un lado, la operación de seguridad: contener brotes de violencia, proteger a la ciudadanía y evitar que la situación escale. Por otro, la gestión de la percepción pública: explicar lo ocurrido, reducir el pánico y ofrecer certezas en un entorno cargado de incertidumbre. En ese segundo frente, la comunicación no es un complemento; es una herramienta estratégica.

En América Latina, la narrativa de seguridad suele oscilar entre el silencio prudente y el triunfalismo. Ninguno de los extremos resulta eficaz cuando la ciudadanía vive bloqueos, incendios o amenazas directas. En contextos así, la comunicación política necesita tres pilares claros: control, empatía y utilidad.

Control significa información clara y ordenada. ¿Qué se sabe hasta el momento? ¿Qué acciones están en marcha? ¿Qué niveles de gobierno están coordinados? La ciudadanía no espera conocer todos los detalles operativos, pero sí necesita percibir que existe conducción. El vacío informativo es terreno fértil para rumores y desinformación, que se multiplican con rapidez en redes sociales y servicios de mensajería. Cuando el gobierno comunica con precisión y frecuencia, reduce el margen para la especulación.

Empatía implica reconocer el miedo y las afectaciones sin minimizar lo que ocurre. Si hay carreteras cerradas, comercios afectados o familias que no pueden trasladarse con normalidad, esos hechos deben nombrarse. Ignorar la angustia o relativizarla puede interpretarse como desconexión. En crisis de seguridad, la población no busca discursos épicos; busca sentirse acompañada. Un mensaje que reconoce el impacto cotidiano de la violencia construye cercanía y legitimidad.

Utilidad es, quizás, el componente más subestimado. No basta con informar; hay que orientar. Rutas alternas, horarios recomendados, líneas oficiales de atención, canales verificados para recibir actualizaciones y recomendaciones concretas sobre “qué hacer hoy”. La comunicación útil convierte al Estado en guía en medio del desorden. Y cuando el ciudadano percibe que la información le sirve para tomar decisiones prácticas, la confianza aumenta.

Uno de los mayores riesgos en estos escenarios es el tono triunfalista. El mensaje de “ganamos” puede resultar contraproducente si, al mismo tiempo, la población enfrenta incendios, bloqueos o riesgos inmediatos. La percepción de celebración oficial en medio de la incertidumbre cotidiana puede abrir una brecha emocional entre gobernantes y gobernados. En seguridad, el éxito operativo debe comunicarse con sobriedad y responsabilidad, no con euforia.

Además, cuando el tema escala a agenda internacional, como ocurrió en este caso, la narrativa adquiere otra dimensión. Inversionistas, gobiernos extranjeros y organismos multilaterales observan no solo el hecho, sino la capacidad institucional para manejar sus consecuencias. La comunicación, entonces, debe proyectar coordinación, profesionalismo y continuidad del Estado.

Para los líderes políticos de la región, la lección es clara: en crisis de seguridad, la palabra no compite con la acción; la complementa. La ciudadanía evalúa tanto lo que el gobierno hace como la forma en que lo explica. Una estrategia bien articulada puede contener el pánico, aislar la desinformación y reforzar la percepción de gobernabilidad.

La seguridad es, ante todo, una experiencia cotidiana. Si la comunicación oficial se alinea con esa experiencia —reconociéndola, orientándola y acompañándola— fortalece la legitimidad incluso en medio de la adversidad. Si, por el contrario, se distancia de lo que la gente vive en la calle, el costo político puede ser alto.

En tiempos de alta tensión, gobernar también es saber comunicar con serenidad. Porque, en materia de seguridad, la confianza pública es tan decisiva como cualquier operativo.

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