El PRI se acordó de cómo hacer política: cambió el templete por una hielera, la calle por escenario y la simulación por territorio
Durante años, en México se vendió una idea casi irrefutable: el PRI estaba muerto. No herido. No debilitado. Muerto. Un partido condenado a convertirse en una referencia histórica, recordado más por los politólogos que por los electores. Un partido que había perdido la Presidencia, la mayoría de las gubernaturas y buena parte de su capacidad de movilización nacional.
Sin embargo, la elección celebrada este domingo en Coahuila obliga a replantear esa narrativa. Porque más allá de los números —que son contundentes— lo verdaderamente relevante es el símbolo y la política, al final, es también una disputa de símbolos.
Los resultados preliminares muestran que la alianza PRI-UDC obtuvo una victoria aplastante, perfilándose para ganar los 16 distritos de mayoría relativa en disputa y conservar el control absoluto del Congreso local. Con más del 55% de la votación frente a poco más del 26% de Morena-PT, Coahuila volvió a convertirse en el principal bastión priista del país. (El País)
Pero la explicación de ese triunfo quizá no se encuentre únicamente en las estructuras electorales, los operadores o los recursos de campaña.
Tal vez la explicación esté resumida en una fotografía.
Una candidata parada sobre una hielera, sin templete, sin pantallas LED, sin producción audiovisual, sin un escenario monumental, sin un ejército de community managers intentando fabricar cercanía digital.
Ella. una hielera y alrededor, vecinos.
Escuchando.
Hablando.
Conviviendo.
Haciendo política.
La fotografía que explica una elección
Las imágenes de la ahora diputada electa Coco Guevara poseen un valor político que probablemente muchos analistas pasarán por alto.
Porque representan exactamente lo contrario a lo que gran parte de la política mexicana se ha convertido durante los últimos años. Mientras muchos partidos sustituyeron el territorio por las métricas digitales, las reuniones vecinales por transmisiones en vivo y el contacto humano por campañas hiperproducidas, en Coahuila, apareció una escena que parecía extraída de otra época.
Un portón negro como fondo.
Una hielera convertida en tribuna.
Una candidata hablando a ras de calle.
Y vecinos que no asistieron porque alguien les mandó un enlace de Zoom o les apareció un anuncio patrocinado en Facebook.
Asistieron porque la conocían.
O querían conocerla.
O tenían algo que reclamarle.
O algo que pedirle.
Que es, precisamente, donde empieza la política real.
La política nació en la plaza pública, no en el algoritmo.
El PRI regresó a una de sus mayores fortalezas históricas
Durante décadas, una de las ventajas competitivas del PRI fue entender algo elemental: las elecciones no se ganan únicamente convenciendo; se ganan construyendo relaciones. Esa lógica fue la que permitió al partido construir durante el siglo XX una maquinaria territorial prácticamente inigualable.
Con todos sus excesos, defectos y errores históricos, el priismo desarrolló una capacidad que ningún otro partido ha logrado replicar completamente: estar presente en colonias, ejidos, secciones, barrios y comunidades cuando no había elecciones.
Escuchar.
Gestionar.
Resolver.
Acompañar.
Con el tiempo, buena parte de esa capacidad se perdió en el “partido”.
El PRI comenzó a parecerse a sus adversarios.
Se burocratizó.
Se institucionalizó demasiado.
Se alejó de las calles.
Y comenzó a creer que la comunicación podía sustituir a la organización.
La derrota nacional fue, en gran medida, consecuencia de ello y la simulación al interior y exterior de la institución política.
Pero en Coahuila parece haber ocurrido algo distinto.
Mientras Morena continúa siendo una fuerza dominante a nivel nacional, diversos análisis previos a la elección señalaban que enfrentaba problemas de organización local, disputas internas y dificultades para construir cuadros con arraigo territorial en la entidad. (El País)
El PRI, por el contrario, decidió jugar el partido que mejor sabe jugar.
El territorio.
El mensaje para Morena
La lectura simplista sería afirmar que ganó el PRI.
La lectura estratégica es más interesante.
Lo que ganó fue una forma de hacer política.
Y eso debería preocupar tanto a Morena como al resto de los partidos.
Porque el resultado de Coahuila demuestra que todavía existe una diferencia enorme entre tener popularidad y tener estructura.
Entre tener presencia digital y tener presencia territorial.
Entre tener millones de seguidores y tener miles de personas dispuestas a abrirte la puerta de su casa.
Morena ha construido una hegemonía nacional basada en una narrativa poderosa, un liderazgo presidencial sólido y una marca política altamente competitiva.
Pero Coahuila evidenció que esa fórmula no siempre es suficiente.
Particularmente cuando enfrente existe una organización que conoce cada colonia, cada sección electoral y cada liderazgo comunitario.
La política sigue siendo un ejercicio profundamente humano.
Y los seres humanos siguen confiando más en quien conocen personalmente que en quien aparece en una pantalla.
El mensaje para la oposición
La elección también deja una lección para los partidos opositores.
Durante años, muchos intentaron combatir a Morena únicamente desde las redes sociales.
Creyeron que bastaba con producir mejores videos.
Mejores spots.
Mejores campañas digitales.
Más pauta.
Más influencers.
Más contenidos virales.
Coahuila demuestra que no.
La oposición no necesita únicamente mejores mensajes.
Necesita mejores vínculos.
Porque los ciudadanos no votan por quien publica más.
Votan por quien aparece cuando lo necesitan.
La paradoja del PRI
Existe una ironía fascinante en todo esto.
El partido que durante años fue señalado como representante de la vieja política parece haber ganado precisamente al regresar a una política todavía más antigua.
La política del saludo.
La política del recorrido.
La política de la reunión vecinal.
La política de la gestión.
La política de la escucha.
La política sin filtros.
La política sin algoritmo.
La política que se hacía antes de que existieran las redes sociales.
Y quizás ahí radica la verdadera relevancia nacional de esta elección.
Porque Coahuila no solamente representa una victoria electoral.
Representa una señal.
Una señal de que el PRI no está dispuesto a desaparecer.
Una señal de que la oposición todavía tiene espacios donde puede competir.
Y una señal de que, incluso en la era de la inteligencia artificial, los datos masivos y la hipersegmentación digital, la política sigue teniendo algo profundamente artesanal.
La confianza.
Cerrando ando…
Tal vez dentro de algunos años nadie recuerde cuántos puntos obtuvo cada partido en esta elección.
Pero es probable que muchos recuerden una imagen.
Una candidata parada sobre una hielera.
Frente a un portón.
Hablando con vecinos.
Escuchando.
Sonriendo.
Haciendo política.
Porque, a veces, las elecciones no las gana quien inventa algo nuevo.
Las gana quien recuerda lo que nunca debió olvidar. Y en Coahuila, al menos por esta elección, el PRI pareció acordarse de cómo hacerlo.


