El error de la torre de marfil: por qué despreciar el voto «básico» es la mayor ceguera de la oposición

Por Elliot Coen

Un algoritmo no distingue entre un título de doctorado y un cartón de escuela primaria. En la frialdad del campo de batalla digital, ambos valen exactamente lo mismo: un bit, un clic, un voto. Sin embargo, parte de la intelectualidad costarricense parece haber olvidado esta matemática elemental de la democracia. Hace unos días, un artículo de mi buen amigo Guido Mora titulado “Cuando la desinformación sustituye al conocimiento” publicado en La Revista https://www.larevista.cr/guido-mora-mora-cuando-la-desinformacion-sustituye-al-conocimiento/ circulaba por redes sociales lamentando cómo ciudadanos de educación básica se atrevían a descalificar a figuras de la academia o del Poder Judicial. El texto recurría a la vieja y gastada metáfora del flautista de Hamelín para explicar el apoyo masivo al gobierno de Rodrigo Chaves, sugiriendo que más de la mitad del país camina hipnotizada, de forma irreflexiva, hacia el abismo.

Qué error tan monumental. Qué diagnóstico tan peligrosamente aristocrático.

Reducir el respaldo político de más del 50% de la población a una simple caricatura de ignorancia o manipulación no es solo un acto de soberbia; es la prueba reina de por qué la oposición sigue sin entender absolutamente nada. No estamos ante un problema de “falta de educación cívica”, sino ante una desconexión emocional profunda. La oposición insiste en interpretar al oficialismo desde el pedestal de la norma legal, cuando lo que urge es entender el dolor social que le dio origen.

La dignidad no se mide en títulos académicos

El gran pecado de los análisis tradicionales es su incapacidad para aplicar el humanismo básico: el núcleo de la política siempre deben ser las personas, no las formas institucionales. Cuando una señora de secundaria descalifica con contundencia un análisis académico sobre la “Tercera República”, o un joven llama corrupto a un magistrado sin presentar pruebas, la respuesta de la élite es el desprecio ilustrado. Los tachan de “básicos”, citando aquella desafortunada frase de que el tico se lo cree todo.

Pero miremos más de cerca. Detrás de ese exabrupto digital no hay necesariamente maldad, sino el síntoma de una sociedad que perdió la sonrisa debido a un letargo social de décadas. Para ese ciudadano de a pie, la institucionalidad costarricense no ha sido el faro de la democracia, sino una maquinaria fría e indiferente que justificó la desigualdad, la falta de oportunidades y el deterioro de sus vidas.

Exigirle a una persona golpeada por la precariedad económica que defienda con elegancia retórica la separación de poderes es imperdonable. El voto de quien apenas terminó la escuela cuenta exactamente igual que el del analista más laureado. Deslegitimar su opinión llamándole “ignorable” es la vía más rápida para profundizar la fractura social. La dignidad humana está por encima de cualquier debate técnico o nivel educativo.

Gobernar es comunicar (y la oposición se quedó muda)

Desde la perspectiva de la comunicación estratégica, el éxito del relato oficialista no radica en la mentira, sino en su capacidad para sintonizar con el pathos colectivo, con la frustración acumulada. Mientras el gobierno entendió que gobernar es comunicar —utilizando metáforas potentes como la “economía jaguar” o el “campo de batalla digital” contra los de siempre—, la oposición se atrincheró en el lenguaje críptico de los decretos y los tecnicismos judiciales.

La oposición acusa al ejecutivo de usar un discurso vulgar e incendiario que debilitó los servicios públicos y disparó la violencia en el periodo 2022-2026. Es verdad que los datos de homicidios y las alertas de la CEPAL pintan una realidad alarmante. Pero atacar al votante por “dejarse engañar” es una estrategia táctica desastrosa. En lugar de la confrontación directa contra el ciudadano que repite estas narrativas, los liderazgos alternativos deberían ignorar el insulto y descifrar la necesidad insatisfecha que hay detrás.

El apoyo al oficialismo no es un acto de fe ciega; es un acto de protesta. Un sector mayoritario de Costa Rica prefiere el espectáculo mediático e imperfecto que al menos los voltea a ver, antes que la solemnidad institucional que históricamente los ignoró.

Reconstruir desde la empatía, no desde el púlpito

El verdadero peligro para nuestra democracia no son las redes sociales llenas de comentarios destemplados, sino la consolidación de un electorado sintético, polarizado por el desprecio mutuo. Si la autodenominada “reserva moral e intelectual” del país persiste en tratar a los simpatizantes del gobierno como menores de edad mentales que necesitan ser guiados de vuelta a la verdad, la ruptura del tejido social será irreversible.

La historia colocará a cada actor en su justa dimensión, es cierto. Pero para salir de este bucle de confrontación constante, la brújula ética de los futuros líderes debe apuntar hacia la reconstrucción, no hacia la división.

No se gana un debate democrático llamando ignorante al contrincante; se gana demostrando que se pueden resolver sus problemas con mayor inteligencia, eficacia y, sobre todo, empatía. La lucha de fondo no es contra la supuesta falta de conocimiento del pueblo, sino contra la soberbia de una élite que prefiere perder las elecciones con el manual de derecho constitucional en la mano, antes que bajarse a estrechar la mano de la realidad.

Share.
Exit mobile version