Perú votó; América Latina volvió a mirarse al espejo
Por: Augusto Hernández
Perú no eligió solamente entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. Eligió, otra vez, entre dos miedos. Y cuando una democracia llega a una segunda vuelta no por esperanza sino por temor al otro, el problema ya no es sólo electoral: es institucional, social y casi civilizatorio.
El balotaje peruano cerró con una incertidumbre extrema. El conteo rápido de Ipsos dio una ligera ventaja a Roberto Sánchez, 50.3% frente a 49.7% de Keiko Fujimori, mientras el conteo oficial de la ONPE avanzaba voto a voto y otros cortes mostraban márgenes mínimos, incluso con Fujimori ligeramente arriba en ciertos momentos. No hay aquí una victoria clara: hay un país partido en dos mitades que no se reconocen como adversarias, sino como amenazas. (Reuters)
Perú llega a esta noche electoral con una carga que ningún sistema debería normalizar: será, según reportes internacionales, su noveno presidente en una década. Esa cifra no describe alternancia democrática; describe fatiga institucional. Describe un país donde el Ejecutivo, el Congreso, los partidos, las fiscalías, los tribunales y la calle viven en estado de sospecha permanente. (AP News)
La polarización peruana no es nueva, pero se ha vuelto más áspera. En 2021, el duelo entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori dejó una herida abierta: acusaciones de fraude, impugnaciones, demoras, desconfianza y una legitimidad erosionada desde antes de gobernar. En 2026, el libreto parece repetirse con otros matices: un candidato con anclaje rural, popular y de izquierda frente a una candidata de derecha, heredera de una marca política poderosa, resistente y profundamente divisiva. (Reuters)
El problema no es que Perú tenga diferencias ideológicas. Eso es normal. El problema es que las diferencias se han convertido en trincheras morales. Para unos, Fujimori representa orden, inversión, seguridad y contención frente al desborde institucional. Para otros, representa autoritarismo, élites limeñas y continuidad de viejos pactos de poder. Para unos, Sánchez representa reivindicación social, descentralización y voz para el Perú rural. Para otros, representa incertidumbre económica, riesgo institucional y cercanía con el castillismo. La campaña no organizó esas percepciones: las explotó.
Y ahí aparece el continente.
Perú no está solo; América Latina vive una época de democracias electoralmente activas, pero emocionalmente agotadas. Se vota mucho, sí; pero se confía poco. Se cambia de gobierno, pero no siempre de destino. Colombia, Argentina, Chile, Ecuador, México, Brasil, Bolivia y Perú han mostrado, cada uno a su manera, que la región ya no discute sólo programas: discute identidades, agravios y pertenencias. La política se volvió plebiscito existencial: pueblo contra élite, orden contra caos, patria contra corrupción, libertad contra comunismo, democracia contra dictadura. Demasiados absolutos para sociedades que necesitan acuerdos.
El sistema electoral peruano, además, no ayuda a contener la ansiedad. La primera vuelta tardó 33 días en quedar oficialmente definida, en medio de actas observadas, retrasos logísticos, denuncias, desinformación y cuestionamientos a la ONPE. En una democracia madura, la demora técnica puede explicarse; en una democracia desconfiada, cada minuto sin resultado se convierte en combustible para la sospecha. (El País)
La complejidad del proceso tampoco es menor. En 2026, Perú eligió presidencia, vicepresidencias, senadores nacionales, senadores regionales, diputados y Parlamento Andino; la propia ONPE explicó que la cédula incluía cinco columnas para cinco elecciones distintas. Eso puede ser legalmente correcto, pero políticamente pesado y comunicacionalmente riesgoso para un electorado fatigado, obligado a votar y expuesto a una campaña saturada de miedo. (eg2026.onpe.gob.pe)
El conteo manual, las actas observadas, el voto exterior y la geografía peruana hacen comprensible cierta lentitud. Pero lo comprensible no siempre es aceptable para una sociedad que espera certezas inmediatas. La autoridad electoral debe ser técnica, sí; pero también pedagógica, veloz en comunicación, transparente en datos y quirúrgica en crisis. En América Latina, los órganos electorales ya no sólo cuentan votos: administran legitimidad.
La lección peruana es incómoda: un sistema electoral puede ser formalmente válido y, aun así, políticamente insuficiente. Puede contar bien y comunicar mal. Puede tener reglas y perder confianza. Puede resistir impugnaciones y salir debilitado. Y cuando eso ocurre, el ganador recibe la banda presidencial, pero no necesariamente el mandato político.
Perú necesita algo más difícil que saber quién ganó. Necesita que quien gane entienda que medio país no votó por él o por ella. Gobernar con 50% más una fracción no autoriza a aplastar a la otra mitad. Autoriza, apenas, a iniciar una reconstrucción mínima de confianza.
El próximo gobierno deberá evitar tres tentaciones: usar el triunfo como revancha, convertir el Congreso en campo de demolición y gobernar sólo para su base emocional. La otra mitad del país seguirá ahí: urbana o rural, limeña o andina, empresarial o popular, conservadora o progresista. Negarla sería repetir la receta del fracaso.
La columna vertebral de una salida no está en el grito ideológico, sino en una agenda básica: seguridad ciudadana sin autoritarismo; inversión sin abandono social; reforma institucional sin captura partidaria; descentralización sin improvisación; combate a la corrupción sin persecución selectiva; modernización electoral sin convertir la tecnología en fetiche.
Perú votó dividido. América Latina observó con familiaridad. Porque el drama peruano no es una excepción extravagante: es una advertencia regional.
Cuando los partidos se vacían, los liderazgos se radicalizan.
Cuando las instituciones se desgastan, la calle reemplaza al Congreso.
Cuando la autoridad electoral no comunica con fuerza, la sospecha comunica por ella.
Y cuando un país sólo puede escoger entre dos miedos, gane quien gane, pierde algo la democracia.
Perú aún puede convertir esta elección en punto de inflexión. Pero para eso, el ganador tendrá que entender una verdad elemental: en un país partido en dos, gobernar no es vencer al adversario; es evitar que la mitad derrotada deje de creer en la República.


