Nos enseñan a odiar… y nosotros les damos like
La política global descubrió que insultar puede generar más atención o interacción (engagement) que proponer soluciones. No es solamente una percepción: una investigación científica acaba de ponerle números a este fenómeno.
Por Augusto Hernández
Seguramente te ha pasado. Abres Facebook, X o cualquier otra red social y encuentras a un político insultando a otro, una publicación que ridiculiza a alguien o un video donde lo importante no es lo que se propone, sino a quién se humilla. Como buen latino, entras y lees los comentarios, para qué, para descubrir que cientos, quizá miles de personas, celebran la agresión; algunos responden con insultos todavía peores, otros comparten la publicación y muchos más se suman a una discusión que, al final, no resuelve absolutamente nada. Y mientras nosotros discutimos en el posteo, alguien gana.
Lo preocupante es que esto no es solamente una impresión personal ni una ocurrencia de quienes llevamos años observando la comunicación política. La ciencia comienza a explicar por qué la agresividad se ha convertido en un recurso tan atractivo para ciertos políticos y, sobre todo, por qué nosotros mismos podemos estar contribuyendo a fortalecer ese comportamiento sin siquiera advertirlo.
En enero de este año -2026-, Elliot Motte, investigador de la Universitat Pompeu Fabra, presentó un estudio titulado Insult Politics in the Age of Social Media (La política del insulto en la era de las redes sociales). Su investigación analizó más de tres millones de publicaciones originales de integrantes del Congreso de Estados Unidos, realizadas entre 2017 y 2022, utilizando herramientas de inteligencia artificial, modelos de análisis del lenguaje y datos de encuestas electorales para estudiar algo que debería preocuparnos a todos: ¿qué obtiene un político cuando decide insultar en lugar de debatir? Los resultados merecen nuestra atención porque permiten comprender, con evidencia empírica y no solamente con opiniones, algunos de los mecanismos que están transformando la comunicación política contemporánea.
El insulto vende. Y ahora tenemos evidencia.
Motte encontró que las publicaciones políticas consideradas tóxicas recibieron, en promedio, aproximadamente 17% más likes que otras publicaciones comparables que no utilizaban ese lenguaje. No se trató simplemente de contar insultos o de comparar publicaciones de personajes diferentes, sino de un análisis que contrastó mensajes de los mismos políticos, considerando los temas abordados, las críticas realizadas, las emociones expresadas y otros recursos del lenguaje. Es decir, el investigador procuró distinguir entre criticar una decisión política y recurrir a la agresión para hacerlo, encontrando que la comunicación ofensiva estaba asociada con una mayor respuesta del público.
Pensemos en lo que esto significa. Un político puede publicar una explicación sobre seguridad, educación o servicios públicos y obtener cierta atención, pero si recurre a una expresión ofensiva contra su adversario, la investigación de Motte indica que ese estilo de comunicación puede generar una recompensa adicional en las redes. Esto nos coloca frente a una pregunta incómoda: ¿estamos premiando el contenido por lo que aporta o simplemente por lo que nos hace sentir? Porque si aquello que nos indigna, nos enfurece o nos provoca satisfacción al ver humillado a alguien recibe más atención, entonces podríamos estar alimentando un modelo de comunicación en el que la confrontación resulta más atractiva que la explicación.
Lo más preocupante no son los likes. Son los votos.
Aquí viene uno de los hallazgos más interesantes del trabajo de Motte, porque el investigador no se conformó con estudiar las reacciones digitales, sino que también relacionó los episodios de comunicación especialmente agresiva con una amplia encuesta sobre preferencias electorales en los Estados Unidos. Encontró que, durante la semana posterior a determinados aumentos extraordinarios de publicaciones tóxicas, la intención de votar por el representante político crecía, en promedio, 2.4 puntos porcentuales. El incremento era temporal y se concentraba principalmente entre personas ideológicamente cercanas al político, mientras que entre sus adversarios ocurría lo contrario: disminuía el apoyo.
Dicho de forma sencilla, el insulto parecía contribuir a que los simpatizantes se acercaran más a su político y los opositores se alejaran todavía más. No necesariamente convencía a quienes pensaban diferente, más bien ampliaba la distancia entre unos y otros, y aquí aparece el verdadero problema: la agresión puede producir beneficios políticos individuales mientras deteriora las condiciones para entendernos como sociedad.
Esto no significa que insultar garantice votos o triunfos electorales, pues el estudio identifica efectos de corto plazo sobre intenciones declaradas de voto, no demuestra que esas variaciones se conviertan automáticamente en resultados en las urnas; sin embargo, la evidencia sí permite comprender por qué algunos actores políticos pueden encontrar incentivos para mantener una comunicación confrontativa, aun cuando sus consecuencias sociales sean cuestionables.
Cuando el adversario deja de ser adversario y se convierte en enemigo
Hay otro dato de la investigación que me parece especialmente revelador. Motte encontró que los políticos situados en los extremos ideológicos tendían a utilizar más lenguaje tóxico y también observó que la oposición recurría más a este tipo de comunicación que los integrantes del partido en el poder, un patrón que cambió de signo entre demócratas y republicanos cuando cambió la presidencia estadounidense. Esto nos invita a cuestionar una explicación demasiado cómoda: creer que la agresividad es exclusiva de una ideología, de un partido o de determinado personaje, cuando la evidencia presentada por el investigador muestra que los incentivos políticos y las circunstancias de competencia también importan.
Y es precisamente aquí donde considero que debemos preocuparnos, porque cuando la política se convierte en una competencia permanente de insultos, dejamos de discutir qué propuesta es mejor y comenzamos a celebrar quién destruye verbalmente al contrario. Ya no preguntamos si una política pública funciona, sino si nuestro político logró exhibir al otro; ya no buscamos comprender un problema, sino encontrar argumentos para demostrar que nuestro grupo tiene razón y, poco a poco, casi sin advertirlo, podemos terminar confundiendo la lealtad política con la obligación de despreciar a quienes piensan diferente.
Lo verdaderamente peligroso de esta dinámica no es solamente que existan políticos dispuestos a insultar, porque la confrontación y la descalificación han acompañado a la política desde hace siglos, sino que hoy contamos con espacios digitales donde ese comportamiento puede recibir recompensas inmediatas y visibles. La investigación de Motte ayuda a explicar precisamente esos incentivos, aunque no significa que toda expresión agresiva sea necesariamente parte de una estrategia deliberada.
¿Y nosotros qué tenemos que ver?
La respuesta es clara: Muchísimo. Una parte particularmente importante del estudio de Elliot Motte señala que los cambios observados en las preferencias electorales se concentraban entre quienes utilizaban exclusivamente las redes sociales para informarse sobre política, mientras que no se observaba el mismo patrón entre quienes se informaban solamente mediante televisión. Es un hallazgo relevante porque nos recuerda que nuestras fuentes de información pueden influir en la manera en que interpretamos la realidad política, aunque debemos ser rigurosos: Motte estudió a congresistas y electores estadounidenses, no a la totalidad de usuarios de redes sociales ni específicamente a la sociedad mexicana, por lo que sería incorrecto afirmar que sus porcentajes se reproducen automáticamente en nuestro país.
Sin embargo, su investigación nos ofrece una explicación fundamentada para observar críticamente fenómenos que también encontramos en nuestras conversaciones digitales. Durante años hemos escuchado que las redes sociales democratizaron la comunicación porque permitieron que cualquier persona pudiera expresar sus opiniones, y eso es importante, pero tener la posibilidad de hablar no significa necesariamente que estemos dialogando, como tampoco tener acceso a miles de publicaciones significa que estemos mejor informados.
Podemos pasar horas consumiendo contenido político y terminar el día con más enojo que conocimiento, compartir una publicación sin verificarla simplemente porque ataca a alguien que nos desagrada o incluso celebrar expresiones que consideraríamos inaceptables si estuvieran dirigidas contra nosotros. Quizá lo más inquietante sea que terminemos llamando participación política a lo que, en ocasiones, no pasa de ser una reacción emocional, una respuesta inmediata que nos hace sentir parte de un grupo, pero que poco contribuye a comprender los problemas de la sociedad en la que vivimos.
No confundamos la crítica con el insulto
Es importante aclararlo: la investigación de Motte no propone que debamos dejar de cuestionar a los políticos. Por el contrario, su metodología distingue expresamente entre una crítica legítima, incluso enérgica, y el lenguaje que degrada, insulta o deshumaniza. La diferencia es fundamental porque cuestionar una decisión gubernamental, exigir resultados, denunciar irregularidades o confrontar argumentos son actividades indispensables en cualquier democracia, mientras que insultar a alguien no vuelve más sólida una crítica, humillar al adversario tampoco convierte una afirmación en verdadera y recibir miles de likes no demuestra que tengamos razón.
La investigación científica de Motte nos ayuda a comprender que las recompensas digitales y electorales pueden incentivar comportamientos que no necesariamente contribuyen a una mejor discusión pública. Desde mi perspectiva, ese es el punto que debemos llevar a nuestra vida cotidiana, pues no se trata de renunciar a nuestras convicciones ni de fingir que todas las propuestas políticas son iguales, sino de recuperar algo que parece perderse entre publicaciones, comentarios y discusiones interminables: la capacidad de pensar antes de reaccionar.
Podemos estar profundamente en desacuerdo con un gobernante, un partido o una ideología sin necesidad de convertir a sus simpatizantes en enemigos. Podemos exigir responsabilidades sin recurrir a la humillación y podemos defender nuestras convicciones con firmeza sin abandonar la razón. El debate democrático no necesita ciudadanos que piensen exactamente igual, necesita personas capaces de reconocer que una diferencia política no cancela la dignidad de quien está enfrente.
Antes del próximo like, pensemos -me recordó una campaña que hicimos-.
Después de leer el trabajo de Elliot Motte, me quedo con una reflexión que quisiera compartir aquí con los amig@s de Sufragio. Si una investigación académica, sustentada en millones de publicaciones, herramientas de análisis del lenguaje y datos electorales, encuentra que la agresividad puede generar recompensas para quienes la utilizan, entonces vale la pena preguntarnos qué papel desempeñamos nosotros en ese mecanismo. Porque los políticos publican, pero nosotros también reaccionamos, comentamos, compartimos y decidimos qué contenidos merecen nuestra atención; aunque no somos responsables de todo lo que aparece en nuestras pantallas, sí podemos preguntarnos qué hacemos con aquello que consumimos.
La próxima vez que encuentres una publicación política que te provoque enojo, satisfacción o ganas inmediatas de compartirla, intenta hacerte algunas preguntas: ¿estoy reaccionando porque la información es verdadera o porque confirma lo que ya pienso?, ¿estoy compartiendo algo que ayuda a comprender un problema o solamente contribuye a atacar a alguien?, ¿aceptaría ese mismo lenguaje si estuviera dirigido contra una persona con la que simpatizo? Y, sobre todo, ¿mi participación está aportando algo positivo a la sociedad en la que vivo?
La investigación de Elliot Motte no demuestra que todos seamos víctimas de la manipulación política, tampoco significa que cada mensaje agresivo responda a una estrategia calculada, pero sí documenta que existen incentivos reales para producir comunicación ofensiva y que sus efectos pueden contribuir a una mayor polarización. Eso debería ser suficiente para despertar nuestra curiosidad y nuestro sentido crítico, porque una sociedad no mejora simplemente porque sus ciudadanos puedan gritar más fuerte, sino cuando somos capaces de discutir con argumentos, cuestionar con inteligencia y reconocer que pensar diferente no nos convierte automáticamente en enemigos.
Quizá el próximo gran acto de rebeldía en las redes sociales no sea insultar más fuerte que los demás, sino atrevernos a pensar antes de dar like. Y eso, aunque parezca pequeño, podría ser un buen comienzo para cambiar las cosas en la era del “Social Media”.
Referencia: Motte, Elliot (2026). Insult Politics in the Age of Social Media. Job Market Paper, Universitat Pompeu Fabra, versión del 5 de enero de 2026.


