México: entre el crecimiento y la desigualdad

Por: Alberto Rivera

Cuando los datos se interpretan, cuentan una historia y, al hacerlo, se convierten en narrativa política. El desafío es ver lo que no se ha visto y contar lo que no se ha contado.

La reciente lectura de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2025 ha vuelto a poner sobre la mesa uno de los debates más relevantes del México contemporáneo: la desigualdad. El estudio muestra que el ingreso promedio mensual por persona en el país se ubicó en 21,825 pesos, pero detrás de ese promedio se esconde una realidad profundamente fragmentada: el 10% más pobre vive con poco más de 2,168 pesos mensuales, mientras que el 1% más rico supera los 958 mil pesos mensuales por persona. 

La diferencia es brutal. El ingreso del 1% más rico puede ser más de 400 veces mayor que el del decil más pobre. 

Sin embargo, los mismos datos permiten otra lectura: entre 2018 y 2024 los ingresos crecieron en promedio 19%, y el crecimiento fue mayor entre los hogares más pobres, cuyos ingresos aumentaron alrededor de 29% en ese periodo. 

En otras palabras, los ingresos crecieron, pero la desigualdad sigue siendo enorme.

Ahí es donde aparece la política. Porque los números no determinan automáticamente la interpretación de un país. Los números abren un campo de disputa narrativa. Dependiendo de cómo se lean, los mismos datos pueden sostener historias completamente distintas sobre la realidad mexicana.

Una primera interpretación sostiene que México atraviesa un proceso de transformación social. Desde esta perspectiva, el hecho de que los ingresos de los sectores más pobres hayan crecido más rápido que los de los sectores más ricos sería una señal de corrección histórica de las desigualdades. Los aumentos al salario mínimo, las reformas laborales y las transferencias sociales habrían contribuido a mejorar las condiciones de vida de los sectores que durante décadas quedaron rezagados del crecimiento económico. Bajo esta lectura, el dato central no es la distancia entre ricos y pobres, sino la tendencia: los ingresos de los sectores más vulnerables crecen a mayor velocidad. El mensaje político que emerge de esta narrativa es claro: México no ha resuelto la desigualdad, pero sí ha comenzado a reducirla.

Pero existe otra lectura posible. Una lectura que observa los mismos números y llega a una conclusión distinta. Desde esta perspectiva, el problema central no es si los ingresos crecieron, sino cómo se distribuyen. El estudio muestra que el 10% más rico concentra más de la mitad del ingreso nacional y que el 1% más rico acumula una proporción extraordinaria de los recursos del país.  El crecimiento de los ingresos en los sectores más pobres es real, pero resulta insuficiente para alterar la estructura profunda de la desigualdad. Un aumento de 492 pesos mensuales para los hogares más pobres apenas modifica su situación económica, mientras que el 1% más rico incrementa sus ingresos en cientos de miles de pesos al mes. Bajo esta narrativa, el problema de México no es únicamente la pobreza; es la concentración de ingresos, capital y oportunidades. La desigualdad no sería un fenómeno circunstancial, sino estructural.

Incluso existe una tercera interpretación, menos ideológica y más enfocada en la dinámica económica. Desde esta perspectiva, los datos reflejan un proceso gradual de movilidad económica. Los ingresos aumentan, los salarios mejoran y los hogares cuentan con más recursos para gastar. Lo relevante no es únicamente la comparación entre extremos, sino las trayectorias. Si los hogares más pobres incrementan sus ingresos con mayor rapidez, se abre la posibilidad de que parte de la población avance en la escala económica. En este enfoque, el objetivo de la política pública no es solo redistribuir el ingreso existente, sino también expandir las oportunidades de movilidad social mediante la educación, el empleo formal, la inversión productiva y la estabilidad económica.

Lo interesante es que las tres narrativas pueden sostenerse con los mismos datos. Una enfatiza la transformación social, otra, la desigualdad estructural y una tercera, la movilidad económica. Cada una responde a una visión distinta del país y conlleva un proyecto político diferente.

Por eso la verdadera disputa que abre la ENIGH no es solamente económica. Es política. Porque en la política contemporánea la batalla no se libra únicamente en las decisiones de gobierno, sino también en la interpretación de la realidad.

Algunos verán en estos datos la evidencia de que el país comienza a corregir desigualdades históricas. Otros verán la confirmación de que el modelo económico sigue concentrando la riqueza en una pequeña élite. Otros verán señales de que el crecimiento del ingreso puede abrir nuevas oportunidades de movilidad social.

Cada interpretación construye una historia distinta del país.

Pero el verdadero reto del análisis político no consiste únicamente en repetir cifras. Consiste en comprender lo que esas cifras revelan sobre la estructura de nuestra sociedad. Consiste en mirar más allá del promedio y entender las brechas que hay detrás de él.

En política, como en la vida pública, el desafío más profundo no es solo leer los datos. El desafío es ver lo que no se ha visto y contar lo que no se ha contado.

Porque cuando una sociedad logra comprender su propia realidad, no solo describe el presente, sino que también empieza a definir el futuro que quiere construir.

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