De la Libre expresión al libertinaje hablado, un debate que urge

Por: Dip. Nancy Guadalupe Sánchez

La libertad de expresión en México: qué protege, qué exige y qué consecuencias tiene en una democracia cuando se usa con conciencia…o sin ella. Urge abrir un debate, responsable, objetivo y maduro: la ausencia de la libre expresión lleva a que una democracia pierda y la palabra se diluya.

Es cierto que sin la posibilidad de criticar al poder, denunciar abusos, investigar corrupción o decir lo que incomoda, la democracia se sofoca. Pero el debate verdadero empieza cuando dejamos de tratar la libertad de expresión como un dogma y la miramos como lo que es: una construccion ideológica, capaz de abrir caminos… o de destruirlos cuando se usa sin responsabilidad.

Porque no todo lo que se dice impacta de la misma forma. No obstante la libertad de expresión se encuentra protegida en la Constitución en los artículos 6 y 7, el ejercicio de este derecho está sujeto a restricciones que prevé la ley, como la reputación de las y los demás, el orden público, la salud, la moral pública o para la protección de la seguridad nacional. No es lo mismo opinión que información. La opinión nace del derecho íntimo de pensar distinto: “yo creo”, “yo siento”, “yo interpreto”. La información, en cambio, es otra cosa: pretende describir hechos, ayudar a que la gente entienda la realidad y tome decisiones con los mejores elementos de juicio.

Cuando un ecosistema mediático, manipula, recorta el contexto con mala entraña o convierte el rumor en noticia, no está ejerciendo libertad; está erosionando el derecho humano a informarse de manera responsable, veraz y objetiva. Y una sociedad desinformada no elige: reacciona. Se asusta, se enfurece, se divide. En ese terreno, la libertad deja de ser herramienta que construye ciudadanía y se transforma en instrumento de control de una maquinaria de manipulación.

Aquí aparece un elemento que a veces solo se queda en susurros: buena parte de los grandes difusores de información y de cultura no son templos de la verdad ni talleres de armonía social; son industrias. Maquinarias. Y, como toda maquinaria, obedecen a los intereses que las mueve, y en muchos casos, lo que las mueve es el capital privado, la publicidad, los patrocinios, el algoritmo, la métrica del “engagement”, el clic, el rating, la venta.

Este fenómeno no solo se queda en el periodismo. Se mete también en el arte y el entretenimiento, donde el problema se vuelve aún más delicado. La literatura, el cine y la música siempre han explorado lo oscuro del ser humano; el arte puede ser espejo, denuncia, grito, catarsis. Pero algo cambia cuando la violencia deja de mostrarse para cuestionarla y empieza a venderse como estética aspiracional, como chiste, como trofeo.

Abundan letras musicales que repite la misoginia, celebran el control, normalizan el daño, juegan con el feminicidio como decorado. Y aunque una canción no “produce” un crimen de forma automática, sí puede ayudar a construir un clima emocional donde el desprecio se hace cotidiano y lo intolerable empieza a parecer “normal”.

Las sociedades también se educan con lo que consumen a diario: lo que se repite se normaliza, y lo que se normaliza, puede ayudar a construir un clima emocional donde el desprecio se hace cotidiano….entonces, ¿la solución es prohibir?…esta pregunta nos lleva a un punto en el que se debe caminar con cuidado.

Darle al Estado un poder vago para decidir qué se puede decir es abrir una puerta que luego cuesta décadas cerrar. Pero también es cruel cuando la verdad esta a merced del mercado, porque queda a merced de intereses del capital que por lo regular nunca rinden cuentas por el daño social que provocan. Entre la mordaza y la selva hay un terreno de madurez: la responsabilidad.

La libertad de expresión puede y debe convivir con fronteras éticas, se necesitan mecanismos proporcionados: derecho de réplica que funcione de verdad, correcciones visibles y obligatorias cuando hay falsedad comprobada, transparencia sobre financiamiento y conflictos de interés, defensores de audiencias con dientes y reglas claras para plataformas que lucran con contenidos dañinos, especialmente cuando llegan a menores. Especialmente se necesita responsabilidad social de patrocinadores, el mercado también puede poner límites cuando la sociedad lo exige.

La pregunta de fondo es si queremos una libertad que construya ciudadanía o una libertad que sirva de trampa para la mentira rentable y la violencia redituable. Una  sociedad que normaliza el desprecio hacia la mujer no sólo falla en ética: falla en humanidad. La libertad es más valiosa cuando protege la dignidad y privilegia la verdad, no cuando se usa para fabricar daño como negocio.

Defender la libre expresión no significa defender la impunidad del que manipula; significa defender el derecho de todos a vivir en una conversación pública menos tóxica, más honesta y más consciente. Nunca habrá un momento ideal para abordar esta conversación, pero el ambiente dañino y de violencia que vivimos nos obliga a iniciar este debate a la brevedad.

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