Hace veinte meses vimos las señales: AfD ya no protesta, disputa el poder

Por Augusto Hernández

En política hay acontecimientos que sorprenden porque eran imprevisibles y otros que sorprenden, quizá más gravemente, porque llevaban demasiado tiempo anunciándose. Lo ocurrido el pasado 6 de septiembre en Sajonia-Anhalt pertenece a la segunda categoría.

Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 43.8% de los votos en las elecciones regionales, más que duplicó su resultado de 2021 y dejó a la CDU —el partido que durante décadas articuló buena parte del poder político de ese estado— reducida al 17.2%. La AfD consiguió 39 de los 83 escaños del Landtag: una victoria histórica, aunque insuficiente para gobernar en solitario. La participación, 77.8%, fue además la más alta registrada en el estado desde la reunificación. No fue, por tanto, la rebelión silenciosa de una minoría movilizada frente a una mayoría indiferente. Fue una expresión electoral masiva.

Y precisamente por eso conviene volver la vista atrás.

El 21 de enero de 2025 publiqué en Sufragio una columna titulada “El auge de la AfD: ¿Renovación política o amenaza para la democracia alemana?”. Entonces advertíamos que AfD estaba dejando de ser una anomalía periférica para convertirse en una fuerza capaz de disputar el espacio político alemán. Señalábamos varios motores de ese ascenso: inmigración, identidad, soberanía económica, polarización, descontento con los partidos tradicionales y una estrategia digital particularmente eficaz. También planteábamos que el llamado cordón sanitario podía enfrentar crecientes dificultades si el partido continuaba ampliando su representación y convirtiendo el desencanto en votos.

No se trataba de adivinación. Era lectura política.

Un mes después, en las elecciones federales de febrero de 2025, la AfD duplicó prácticamente su votación: pasó del 10.4% obtenido en 2021 al 20.8% y se convirtió en la segunda fuerza del Bundestag. Ahora, diecinueve meses después de aquella columna, Sajonia-Anhalt muestra una nueva escala del fenómeno.

Pero sería intelectualmente demasiado cómodo escribir hoy simplemente: “lo advertimos”. La pregunta realmente importante es otra:

¿Qué pasó en Alemania para que una fuerza política que hace pocos años ocupaba los márgenes del sistema haya logrado conquistar casi 44 de cada cien votos en un estado alemán?

Y, sobre todo: ¿qué significa esto para Alemania, para Europa y para un orden internacional que parece estar entrando en una etapa de reconfiguración acelerada?

No fue una sola causa

El primer error sería reducir la victoria de la AfD a la inmigración; El segundo, atribuirla únicamente a la economía; El tercero, culpar al algoritmo y; el cuarto —quizá el más peligroso— sería concluir que casi el 44% de los votantes de Sajonia-Anhalt se convirtieron repentinamente en extremistas.

Las elecciones rara vez funcionan así.

AfD ha conseguido reunir bajo una misma identidad electoral malestares diferentes que no necesariamente tienen el mismo origen ideológico. Esa capacidad de ensamblar frustraciones económicas, culturales, territoriales y políticas constituye probablemente su principal fortaleza.

La economía alemana ofrece una primera explicación.

Alemania, durante décadas motor industrial de Europa, entró en un periodo extraordinariamente incómodo para una sociedad acostumbrada a asociar estabilidad política con prosperidad económica. Su PIB se contrajo en 2023 y nuevamente en 2024. En 2025 apenas volvió a crecer 0.2%. Detrás de esas cifras aparecen problemas estructurales: elevados costos energéticos, deterioro de sectores industriales, competencia china, debilidad exportadora, inversiones insuficientes y las consecuencias de la ruptura del modelo energético construido durante años alrededor del gas ruso barato.

Cuando una democracia entrega prosperidad, los ciudadanos suelen tolerar contradicciones.

Cuando deja de entregarla, comienzan a cuestionar el contrato entero.

Y allí entra la segunda dimensión: la inseguridad cultural.

La inmigración ha sido convertida por AfD no solamente en una cuestión administrativa, sino en una explicación política transversal. Seguridad, vivienda, gasto social, escuelas, identidad nacional, integración y capacidad del Estado terminan conectándose discursivamente con un mismo fenómeno.

Es una operación de framing extraordinariamente eficaz: cuando diferentes problemas reciben una explicación común, el elector también puede encontrar una respuesta política común.

La tercera dimensión es territorial.

Treinta y seis años después de la reunificación, Alemania sigue teniendo dos memorias políticas.

En buena parte del este persisten diferencias de patrimonio, oportunidades, densidad empresarial, trayectorias demográficas y percepción de reconocimiento respecto del oeste. A ellas se agrega una memoria diferente sobre Rusia. Investigaciones y reportajes recientes muestran que una parte del electorado oriental observa Moscú, la guerra de Ucrania y la política de seguridad europea desde parámetros muy distintos a los predominantes en el oeste alemán.

AfD entendió esa fractura mejor que muchos de sus adversarios. No llegó a decirles simplemente a esos ciudadanos “voten por nosotros”, les dijo algo políticamente más poderoso: “Ustedes tenían razón en sentirse ignorados.”

Ese tipo de reconocimiento es una moneda electoral de enorme valor.

Del voto de protesta al voto de identidad

Aquí está, quizá, el cambio más importante.

Durante años fue posible interpretar buena parte del voto a AfD como un Denkzettel: un voto de castigo. Hoy esa explicación resulta insuficiente.

Los estudios postelectorales de Infratest dimap muestran que la AfD consiguió apoyos en todos los grupos de edad en Sajonia-Anhalt y logró movilizar a numerosos ciudadanos que no habían votado en la elección anterior. Entre los hombres obtuvo resultados particularmente altos; en algunos segmentos de edad superó incluso el 50%. Pero, más importante todavía, una parte considerable de sus votantes ya no percibe al partido como una opción extrema, sino como una alternativa situada dentro del espacio político legítimo.

Ése es un cambio cualitativo.

Una democracia puede aislar relativamente bien a un partido cuando sus propios electores saben que están votando por un outsider. Resulta mucho más difícil hacerlo cuando esos electores comienzan a considerar que el outsider es el sistema y que quienes gobiernan son quienes han abandonado la normalidad.

AfD está ganando esa batalla semántica entre una parte creciente del electorado.

La conquista del ecosistema digital

En enero de 2025 señalábamos la importancia de la estrategia digital de AfD. La evidencia acumulada posteriormente confirmó buena parte de aquella observación, aunque también obliga a sofisticarla.

Un estudio académico publicado en 2026 analizó cerca de 48 mil publicaciones de TikTok durante la campaña federal de 2025 y encontró una presencia desproporcionadamente elevada de contenidos asociados a AfD. Otro trabajo, basado en 3,702 publicaciones, concluyó que el partido había aprendido particularmente bien a explotar las características técnicas de la plataforma para aumentar visibilidad.

Pero sería un error decir que “TikTok hizo ganar a AfD”.

La causalidad es más compleja.

Otros estudios encontraron que Instagram tenía mayor peso general entre jóvenes y que, en el caso de los votantes de AfD, los grupos privados de mensajería mostraban también una asociación relevante con la exposición política.

La conclusión estratégica es más interesante:

AfD no ganó porque domine una red social. Ganó porque comprendió antes que muchos partidos tradicionales que la política contemporánea ya no sucede únicamente en los medios: sucede dentro de ecosistemas emocionales.

Allí no compiten programas de gobierno de ciento cincuenta páginas.

Compiten explicaciones.

Identidades.

Enemigos.

Historias.

Y sensaciones de pertenencia.

AfD ofrece una narrativa extraordinariamente sencilla para un mundo extraordinariamente complejo: Alemania perdió control porque las élites se alejaron de los ciudadanos; la inmigración desbordó al Estado; Bruselas limita la soberanía; la transición energética empobreció al país; apoyar a Ucrania cuesta demasiado; los partidos tradicionales son indistinguibles entre sí y sólo una ruptura profunda puede recuperar el orden.

Se puede estar radicalmente en desacuerdo con esa narrativa, pero sería irresponsable negar su eficacia.

El fracaso del centro

Las victorias de los extremos casi nunca pueden explicarse únicamente por la habilidad de los extremos. También hablan de los vacíos del centro.

Friedrich Merz llegó a la Cancillería prometiendo recuperar crecimiento, ordenar la migración, fortalecer la defensa y devolver capacidad de conducción política a Alemania. Su gobierno CDU/CSU-SPD planteó reformas económicas, mayor gasto en defensa, inversión en infraestructura y una política migratoria más restrictiva.

Pero existe una diferencia decisiva entre anunciar correcciones y conseguir que los ciudadanos sientan que sus problemas están siendo corregidos.

La política contemporánea se juega precisamente en ese espacio.

La economía alemana comenzó a mostrar signos modestos de recuperación, pero la percepción de inseguridad económica y social sigue siendo intensa. El resultado de Sajonia-Anhalt ha aumentado además las tensiones dentro de la coalición de Merz acerca de pensiones, gasto público y reformas sociales.

Cuando el centro adopta parte del diagnóstico de un partido insurgente pero no consigue resolver rápidamente las causas del malestar, puede producirse una paradoja: termina legitimando la pregunta del adversario sin convencer a los ciudadanos de que posee una respuesta mejor.

Ese es uno de los dilemas más graves que enfrenta hoy la CDU, moverse hacia AfD puede normalizar su agenda, alejarse demasiado puede entregar determinadas preocupaciones sociales a AfD en exclusiva. El problema, por tanto, ya no es construir solamente un cordón sanitario, es construir una alternativa política creíble.

El verdadero riesgo democrático

Aquí también conviene evitar exageraciones.

AfD ganó una elección regional. No tomó Alemania.

No posee mayoría absoluta en Sajonia-Anhalt.

Y cuatro votos de ese estado dentro de los 69 del Bundesrat no le entregarían capacidad de veto por sí solos.

Presentar este resultado como el colapso inmediato de la democracia alemana sería irresponsable.

Pero minimizarlo sería igualmente irresponsable.

El capítulo de AfD en Sajonia-Anhalt fue clasificado desde noviembre de 2023 por la Oficina estatal para la Protección de la Constitución como una organización de extremismo de derecha confirmado. La autoridad sostuvo que había encontrado elementos contrarios a principios esenciales del orden democrático liberal y a la garantía constitutional de la dignidad humana.

Por eso el riesgo fundamental de una eventual llegada al gobierno no está solamente en las leyes que pudiera aprobar.

Está en las instituciones que podría administrar.

Policía; Educación; Cultura; Administración pública; Medios públicos regionales y; especialmente delicado, organismos de seguridad interior que actualmente vigilan al propio partido.

Ese último escenario ya ha generado preocupación entre autoridades alemanas por el eventual acceso a información sensible y la cooperación entre agencias. La experiencia comparada enseña algo importante: el deterioro democrático contemporáneo rara vez comienza cerrando parlamentos, suele comenzar alterando gradualmente los incentivos dentro de las instituciones.

Cambian nombramientos; Cambian prioridades presupuestarias; Cambian currículos educativos; Cambian relaciones con medios y organizaciones civiles; Cambian los límites de aquello que puede decirse, financiarse o administrarse desde el Estado.

La erosión democrática moderna suele utilizar procedimientos democráticos.

Ésa es precisamente la paradoja.

Y entonces aparece Europa

Aquí el resultado deja de ser exclusivamente alemán.

Alemania no es un Estado más dentro de la Unión Europea. Es su mayor economía, uno de sus principales financiadores y, junto con Francia, uno de los pilares alrededor de los cuales se ha construido durante décadas la capacidad europea de alcanzar consensos.

Por eso una Alemania políticamente fragmentada significa una Europa más difícil de gobernar.

AfD mantiene posiciones profundamente críticas respecto de la integración europea, de las políticas migratorias comunes, de buena parte de la agenda climática y del actual alineamiento frente a Rusia. Entre sus simpatizantes existe además una valoración de Moscú y de Vladimir Putin marcadamente más favorable que entre el resto del electorado alemán. Una encuesta internacional de Pew publicada en 2026 encontró que 46% de los simpatizantes de AfD tenía una opinión favorable de Rusia, frente a apenas 8% entre quienes no apoyaban al partido.

Por ello, todo lo antes mencionado, el asunto no es simplemente cuántos escaños consiga AfD, el asunto es cuánto puede modificar el precio político interno que tendrá para cualquier gobierno alemán sostener determinadas políticas europeas.

Ayuda a Ucrania; Gasto militar; Relación con Washington; Sanciones a Rusia; Transición energética; Migración; Ampliación europea; Integración fiscal; En política exterior, muchas transformaciones comienzan antes de que llegue al poder quien pretende realizarlas.

Comienzan cuando los gobiernos existentes empiezan a modificar sus decisiones porque temen a quien viene detrás.

Un mundo que se está reordenando

Y Alemania no está cambiando en el vacío; Estados Unidos atraviesa una redefinición de su relación con Europa; Rusia continúa obligando al continente a reconsiderar su arquitectura de seguridad; China compite directamente con sectores industriales que fueron fundamentales para la prosperidad alemana.

La migración seguirá presionando las fronteras y los sistemas políticos europeos, la inteligencia artificial y la transición tecnológica modificarán mercados laborales enteros y los partidos nacional-conservadores, populistas y de derecha radical han dejado de ser una excepcionalidad en buena parte de Occidente.

Sin embargo, tampoco existe una marcha uniforme e inevitable hacia la extrema derecha. Las experiencias europeas recientes muestran avances y retrocesos de estas fuerzas según países, candidatos y coyunturas. Convertir Sajonia-Anhalt en prueba de una supuesta “ola imparable” sería tan simplista como ignorar su trascendencia.

Lo que sí existe es una crisis de representación que atraviesa muchas democracias, millones de ciudadanos no necesariamente están buscando abandonar la democracia. Están buscando castigar a quienes consideran incapaces de hacerla funcionar.

Y allí reside probablemente la advertencia más importante.

Lo que viene

Alemania enfrenta ahora tres escenarios.

El primero consiste en mantener el cordón sanitario mientras las causas materiales y culturales del voto a AfD permanecen intactas. Esa estrategia puede impedirle gobernar durante algún tiempo, pero corre el riesgo de fortalecer su argumento predilecto: “todos los demás partidos son uno solo y se unen contra nosotros”.

El segundo escenario es la normalización. Alguna fuerza, probablemente desde espacios conservadores o populistas, comienza a cooperar con AfD. El cordón se agrieta, el partido adquiere experiencia administrativa y el salto entre oposición y gobierno deja de parecer imposible.

El tercero es mucho más difícil: que los partidos democráticos recuperen capacidad de representación política mediante resultados tangibles en economía, seguridad, migración, infraestructura, energía y cohesión territorial, sin asumir los componentes iliberales o excluyentes de la agenda de AfD.

Éste es el único escenario que combate las causas y no solamente los síntomas.

Y el calendario no concede demasiado tiempo.

El próximo 20 de septiembre habrá elecciones en Mecklenburg-Vorpommern y Berlín. En el primero, la última medición de Infratest dimap situaba a AfD en 35%, ligeramente por delante del SPD. A escala nacional, sondeos recientes han colocado al partido alrededor del 28%.

Sajonia-Anhalt podría ser un techo.

Pero también podría ser un laboratorio.

La advertencia de fondo

Cuando escribimos sobre AfD en enero de 2025, preguntábamos si su ascenso representaba renovación política o una amenaza para la democracia alemana.

Hoy la pregunta ha cambiado. La cuestión ya no es si AfD puede crecer.

Ha crecido.

Tampoco si puede convertirse en primera fuerza.

Ya lo hizo en Sajonia-Anhalt.

La verdadera pregunta es si el resto del sistema político alemán será capaz de entender por qué millones de ciudadanos están dispuestos a entregar poder a una fuerza que desafía pilares centrales del consenso político construido después de 1945.

Porque las democracias no se protegen solamente construyendo muros alrededor de sus adversarios.

Se protegen evitando que millones de ciudadanos lleguen a la conclusión de que detrás de esos muros ya no existe nada capaz de representarlos.

Hace veinte meses vimos las señales.

Hoy tenemos el resultado.

Y quizá la mayor equivocación sería mirar el 43.8% de Sajonia-Anhalt como la culminación de una historia.

Puede ser exactamente lo contrario, podría ser sólo el principio.

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