Y aquí hay algo que no podemos perder de vista: cuando una sociedad siente que la justicia ya no llega por las vías institucionales, comienza a buscar otras rutas.
Por Helios Ruiz Esparza
En
tiempos de incertidumbre, las palabras ya no bastan. Cuando la inseguridad toca
la puerta de cualquier hogar, sin distinción de clase, región o ideología, el
miedo se instala como huésped permanente. Pero más inquietante aún es lo que
viene después del miedo: la desesperación. Ese estado emocional en el que las
personas, al sentirse solas, abandonadas por quienes deberían protegerlas,
deciden actuar por cuenta propia. No por valentía, sino por necesidad.
En
México, a todos los niveles, esta desesperación ha dejado de ser una sensación
de aislamiento para convertirse en un fenómeno colectivo. Basta con mirar los
episodios recientes donde la ciudadanía ha tenido que asumir tareas que no le
corresponden. Desde madres y padres que organizan sus propias búsquedas cuando
desaparecen sus hijos, comunidades enteras buscando y encontrando el cuerpo de
un niño desaparecido, hasta empresarios que, sin más herramientas que su propio
coraje, enfrentan a criminales armados con tal de proteger a sus empleados.
Esas imágenes, por dolorosas que sean, no son exageraciones ni escenas de una
película. Son la realidad diaria de muchas comunidades.
Y
aquí hay algo que no podemos perder de vista: cuando una sociedad siente que la
justicia ya no llega por las vías institucionales, comienza a buscar otras
rutas. Algunas de esas rutas son legítimas, solidarias, incluso heroicas. Pero
otras pueden ser peligrosas, llenas de rabia, alimentadas por el hartazgo y la
sensación de impunidad. La historia de muchos países nos ha enseñado que cuando
la respuesta del Estado falla durante demasiado tiempo, la violencia puede
escalar hasta niveles que ya no permiten retorno.
No
se trata de justificar actos fuera de la ley. Se trata de comprender el origen
de ese comportamiento: la ausencia prolongada de respuestas. No es que la
ciudadanía no crea en la ley; es que siente que la ley ya no cree en ella.
La
responsabilidad de un gobierno, en cualquier nivel, no es solo diseñar
políticas públicas ni emitir comunicados. Es, ante todo, estar presente. Dar la
cara. Escuchar activamente. Reconocer los errores. Porque nada agrava más una
crisis que el silencio institucional o las respuestas vacías. Cuando la gente
ve que sus gobernantes minimizan el problema o actúan con lentitud, el mensaje
que reciben es claro: están solos.
Por
eso, es urgente recuperar el valor de la proximidad. La gente no pide milagros,
pide presencia. Quiere saber que hay alguien del otro lado que escucha, que se
preocupa, que actúa. Quiere saber que su miedo no es invisible. Y eso comienza
por una comunicación honesta, cercana, sin adornos ni tecnicismos. No para
calmar las aguas con discursos, sino para acompañar a la ciudadanía en medio de
la tormenta.
Los
líderes que logran enfrentar las crisis con empatía, con firmeza y con verdad,
son los que siembran confianza incluso en los momentos más oscuros. Y hoy, más
que nunca, necesitamos esa clase de liderazgos. Los que no deleguen su
responsabilidad en la población, sino que caminen a su lado para recuperar lo
que se ha perdido: la certeza de que vivir en paz no debería ser un privilegio,
sino un derecho.
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